SER CULTO PARA SER
LIBRE


miércoles, 28 de octubre de 2009

QUESQUE DE POLÍTICA


Hacía días que se me habían callado las voces que son mis preceptores y que me llevan de la mano para que escriba mis humildes esfuerzos (dicho de manera ufana) “literarios”.

Sin embargo y gracias a los dioses y a los Loas: deidades africanas de las letras y los glifos, ya estoy de vuelta aquí en la Columna Rebelde.

Hubiese querido vindicarme con algún otro tema, sin embargo mandan las providencias que tengo en la cabeza y pues bueno, entremos en materia.

Estaba ayer en mi oficina lugar donde propiamente moro todos los días, pues a la vez que hago mis labores mercantiles propiamente dicho también vivo allí… me gusta lo indecible este sitio donde mismo estoy redactando estas palabras.

Bueno, como les decía estaba en este mi territorio conversando con un par de buenos amigos, uno de ellos compañero entrañable desde la universidad y mi otro fraterno, con quien cuando menos tenemos una filiación que data desde hace quince años, los escuchaba sin gusto “para que es más que la verdad”… pues Alejandro enfrascado en dar sus puntos de vista a Omar sobre que lo que prosaicamente la gente llama POLÍTICA, le hacía mención de que hoy las cosas están de la chingada… pues antes no se veía que los narcotraficantes se mataran entre ellos o contra el ejercito, o con la policía, que los otros maleantes es decir los de cuello blanco como es el caso de Carlos Slim y otros de esa calaña o sea los empresarios, los políticos y de tantos más que mencionarlos no es relevante; ahora mandan al presidente…Y que antes, con el presidencialismo las situaciones eran distintas.

Estas frases, oraciones y la conversación entre ellos, es decir entre mis amigos, me hizo una indignación ardorosa, pues me pregunto ¿Cómo puede alguien no sólo ellos sino cualquier persona, decir que ha habido buenos momentos en nuestro maravilloso México desde la dictadura de Porfirio Díaz y luego parafraseando a Vargas Llosa, con el PRI y su dictadura perfecta?

Día a día te enteras de las trapisondas execrables que cometen estos maravillosos e indecentes politiquillos de pacotilla, que en lo único que piensan es en la forma de allegarse dineros mal habidos de una manera u otra, que tal nuestro maravilloso “Gober Precioso” y su nepotismo inconmensurable teniendo a su hermanito como diputado local… ¡Carajo, que desvergonzados! Pero bueno, “la culpa no la tiene el indio sino quien lo hace compadre”; y ¿Quiénes hacemos compadres a estos seres del inframundo? Pues nosotros, este pueblo tan convencional que no hemos podido generar hombres y mujeres de verdad para que nos ayuden a dirigir los destinos sociales de nuestras comunidades…

¿Qué tal el gobernador de mi tierra veracruzana, Fidel Herrera? Que se presume que está coludido con este grupo criminal llamados los zetas, si es verdad o no, eso que importa, sino ¿Cómo es posible que este ente que es un mandatario federal, y no mandador; sino, dicho de manera corriente, mandadero del pueblo, sea sujeto de estas habladurías? Respuesta muy sencilla, pues por que tiene cola que le pisen como decían los antiguos. Me enteré por un esbirro de muy poca monta del hoy presidente municipal de Orizaba: Juan Manuel Diez Francos. Misma que es mi tierra natal donde las humedades y las lluvias son sempiternas, que este hombre el “Gober Herrera” le llamó a cinco días antes de las elecciones para informarle que el candidato por el PRI un tal Castelán por razones tan escabrosas comos sus comportamientos, ya no jugaría para ese puesto y que él; Juan Manuel Diez Francos, si quería a mi Orizaba del alma, debía de postularse para presidente municipal… A lo que este comerciante de abarrotes, autos y de prosapia de garante dignidad de manera increíble aceptó. Todavía no me explico como un hombre de tan buena reputación haya aceptado tales tratos con mafiosos, pero “caras vemos lo demás no sabemos”.

Y que decir de Don Ulises Ruiz; encomiable y ominoso “Gober de Oaxaca” tierra del más venerable y quizá único político verdadero de nuestro maravilloso México, hablo del nunca bien ponderado, conspicuo e ilustre Benito Pablo Juárez García, Benemérito de las Américas, distingo ofrendado a este mexicano excelso por el gobierno colombiano, seguro todos los mexicanos en edad de comprender estamos enterados de la clase de persona que es este siniestro sujeto, el pueblo oaxaqueño entabló propiamente dicho una guerra en contra de esta persona, es innegable que este personaje de carpa de pacotilla, hubo generado tales desmanes y una gigantesca turba se levantó propiamente en armas para destituirlo… Y por supuesto como todo esto esta compuesto por una magnífica y bien organizada pandilla de maleantes no hubo manera de hacerlo renunciar; mismas cuestiones ¿Por qué un individuo que ostenta la dignidad de Gobernador se le presenta estas situaciones? Otra vez, contestación evidente, pues por que todos ellos, la clase política casi sin excepción son unos infrahumanos e indecentes personajes… ¡Que Dios nos libre de ellos!

Rematamos con nuestro ejemplar estrella: el majestuoso “Gober Precioso” Lic. Y Señor Don Mario Marín Torres, ¿Cómo es posible que haya acontecido el escándalo por la tremebunda y espeluznante falta de respeto a la constitución? Cuando privaron de la libertad a Lydia Cacho y como ya se olvido todo, como que no pasó nada… ¡Carajo…! De veras que hay que hay que chingarse con estos antropomorfos y sus maneras de manejar los destinos de sus propiamente dichos súbditos, pues tal pareciera que estos son Señores Feudales de la edad media…

¿Hasta cuando seguirá ocurriendo esto? Es una pregunta para la que no tengo una respuesta precisa… sin embargo tengo fe en que poco a poco los mexicanos de todos los estados vayamos cambiando las cosas desde el seno de nuestras casas y de nuestras familias… Podría sugerir leer, leer y leer; convertirnos en un pueblo culto y tan sólo con ese esfuerzo, muchos cambios haríamos incluso sin darnos cuenta…

Por ahora es cuanto compañeros…


Carlos López Carmen

lunes, 19 de octubre de 2009

CUANTO VALE UNA VIDA



por Verónica Mastretta

"El hombre ha convertido a la Tierra en un infierno para los animales"
Arthur Schonpehauer


Por la carretera federal a Atlixco, entre Chipilo y San Francisco Acatepec, hay un rastro. Nunca he entrado a él, pero me lo puedo imaginar, con toda la brutalidad y el horror que el hombre es capaz de ejercer sobre los animales. Hace tres semanas, transitando por ahí, rebasé a un camión de redilas con su triste carga de mulas y caballos flacos y viejos rumbo a su predecible destino. Entre los cuerpos apretados de los animales vislumbré la cabeza de una pequeña burra, con la típica cinta roja que les ponen en los pueblos a los animales para ahuyentar el "mal de ojo". A esta burrita le funcionó porque tuvo la suerte de cruzarse conmigo. Me dejé rebasar de nuevo por el camión y le hice señas al chofer para que se detuviera. Amablemente se orilló y me bajé a hablar con él.-"¿A poco también lleva a matar a la burrita?"- "Pues sí, señito, a mi no me sirve para nada"- ¿Entonces para qué cruzó a su burra?"- "Pues ellos fueron, ya vé usted como son los animales?-"Y cuánto le van a dar por ella en el rastro?- "Doscientos pesos"

-"No, pues se la compro". Ahí mismo cerramos la operación y al rato me dejó en mi casa una burra, que al día de hoy es la más feliz de la comarca. La he bautizado con el nombre de Fortunata, y lo es porque ha quedado bajo el cuidado de mi hija Daniela. No hay mejores brazos para un animal. La veo correr, vivir, galopar y me pregunto en qué momento efectivamente los seres humanos nos adueñamos de la vida y suerte de los animales del mundo. Solamente en Madrid, ciudad en donde sí llevan la cuenta de lo que pasa con los perros que se venden en las tiendas de mascotas, 25 mil perros comprados en la Navidad anterior, fueron abandonados en las calles en el verano siguiente, como si fueran juguetes rotos. En países como España o Estados Unidos, los perros que se venden en las tiendas de mascotas son esterilizados, así que al abandonarlos en las calles no se pueden reproducir. En México los programas de esterilización canina son un fracaso y los perros se reproducen y son abandonados a su suerte por todo el país, volviéndose un problema social y de salud. Ni que decir del sufrimiento de todos los animales que el hombre enjaula, esclaviza y martiriza para resolver su problema alimenticio. También los usa como diversión y entretenimiento. Las aves hermosas son encerradas en jaulas minúsculas que les impiden volar; ay quienes se han dado el lujo de tener leones en sus discotecas, panteras en sus jardines, changos de adorno en salones de belleza. Grandes pensadores de todos los tiempos han externado sus ideas sobre el tema. Les comparto
algunas:

"El hombre es el rey de los animales pues su brutalidad supera a la de éstos"
Leonardo Da Vinci

"Los niños y los animales entienden mejor mi música"
Igor Stravinsky

“El ser humano no hallará la paz mientras el círculo de su compasión no abarque a todos los seres vivos."
Albert Schwaitzer. Premio Nobel de la Paz en 1952

"De todos los animales de la creación, el hombre es el único que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir."
John Steinbeck

"Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma estará dormida."
Anatole France

"Los animales son buenos amigos. No hacen preguntas, no te juzgan y no te critican"
George Elliot

"Un país ó una civilización, se pueden medir por la forma en que trata a sus animales."
Mahatma Gandhi

"Dí mi belleza y mi juventud a los hombres. Ahora doy mi sabiduría y mi experiencia, lo mejor de mí, a los animales.,"
Brigitte Bardot

"Es increíble que ni predicadores, ni filósofos, ni moralistas eleven más su voz en contra de los abusos inflingidos a los animales"
Voltaire

"Llegará el día en que los hombres como yo, vean el asesinato y el maltrato a los animales como ahora ven el de un hombre

Leonardo da Vinci

"Dos cosas me sorprenden. La inteligencia de las supuestas bestias y la bestialidad de los hombres"
Flora Tristán

"Se necesitan las pieles de 50 focas bebés para hacer un abrigo y solo de una persona estúpida para ponérselo".
Brigitte Bardot, actriz y símbolo sexual de los años sesentas.

Habrá quienes piensen que para qué pierdo el tiempo hablando del respeto que deberíamos de tener hacia los animales si hay tanta crueldad hacia el hombre. Yo creo que la raíz de los dos problemas es la misma. Mientras no tratemos a todos los seres vivos con respeto, entre los seres vivos a los que se hace sufrir siempre habrá seres humanos también sufriendo maltrato. Aunque necesitamos a algunos de los animales para nuestra alimentación y sobrevivencia, eso no significa que no les podamos dar un trato digno mientras viven y una muerte piadosa. Yo hoy, por lo pronto, quiero dedicar mi sencillísima colaboración de los lunes a todas las criaturas tristes que sufren cautiverio y que se golpean contra los barrotes de una jaula. Por el animal que será cazado o sacrificado sin piedad y con sufrimiento. Por el que está perdido, con miedo y con hambre. Por aquellos a los que les hemos robado su hábitat a expensas de nuestro estúpido consumismo. Intentemos volvernos verdaderos amigos de los animales y hagámonos dignos y merecedores de compartir con ellos el planeta. Buda decía que hasta que los seres humanos no nos apiademos de todas las criaturas vivientes, entonces, y solo entonces, seremos nobles, compasivos y generosos.

veronicamilenio@yahoo.com.mx



lunes, 12 de octubre de 2009

REFLEXIONES A MIS CINCUENTA SOBRE EL CIELO Y LA ARMONÍA


Alejandro Pedro Contreras Choperena


Introducción



La armonía, el cielo, este estado de gracia donde la individualidad se reconoce como la bondad infinita, despojada de todo supuesto sufrimiento físico, angustia mental y sin preguntas sin resolver.

La armonía, el cielo, el estado de unión divina donde las limitaciones impuestas por el temor desaparecen y nos revelamos como el Dios que está escondido en todos nosotros.

La armonía, el cielo, palabras que conjuran al jardín paradisiaco del edén, con cielos de un azul prístino, corrientes de agua cristalina, flores que cubren el horizonte y Mentes que caminan en paz por los jardines.

La armonía, el cielo, el entendimiento que muchos individuos, en su desarrollo, buscan.

Muchos han renunciado al mundo, se han rendido a la seclusión, y han pasado sus días inmersos en la meditación en cavernas y montañas de todo el mundo. Otros han caminado y caminado, reverenciando cada paso, buscando ganar un destello de eternidad.

La armonía, el cielo, ¿Porqué parecen tan distante cuando nos han dicho que es algo que ya poseemos?

La armonía es distante porque hemos declarado que lo es.
El cielo no es conocido porque nos han impuesto la creencia de que es lo último a obtener – y sólo a través de más sagrado.

El cielo es remoto porque la creencia que ha sido pasada por generaciones nos indica de que sólo a través de años de entrenamiento formal, estructurado y ascético apenas podemos suspirar a obtener, y si bien nos va, solo obtendremos una vaga visión de pura conciencia cósmica.

La armonía, el cielo, se convirtieron en un objeto de deseo, en una meta u objetivo. En un deseo sin entendimiento. El deseo sin entendimiento nos limita del absoluto, de la armonía, del cielo. El deseo sin entendimiento nos quita armonía, nos limita del cielo, porque creemos y tememos que no poseemos algo. Así nos entrampamos en la búsqueda para obtener algo externo a nosotros.

La armonía y el cielo no son un premio o recompensa por haber alcanzado la meta u objetivo (por haber escogido las opciones correctas), sino que son la realización de aquello que siempre hemos sido.

La armonía y el cielo si lo consideramos como el destino mismo, nos limitan. La armonía y el cielo se alcanzan de manera razonada e intuitiva. El destino es algo fuera de nosotros como si fuera un objeto. La dirección que nos lleva a la armonía y el cielo, es un sentimiento interno, no es un objeto sino la mismísima subjetividad, la razón misma. Sentimos la dirección, pero no la conocemos. El destino es el futuro. Cuando hemos definido nuestro futuro, hacemos todo lo posible para manipular nuestra vida y encauzarla hacia él. Pero el futuro no lo conocemos. Es una posibilidad infinitamente abierta. Si fijamos un destino, el futuro deja de serlo, porque ya no está abierto. Hemos elegido una alternativa entre muchas y desechado todas las demás. El destino ya no es destino. El futuro ya no es futuro, es nuestro pasado. Y es nuestro pasado el que decide. ¿No es paradójico? Nuestra carga de mentiras y creencias sobre nosotros mismos es lo que convierte nuestro futuro en pasado. Y repetimos hasta la saciedad nuestro pasado, con más o menos modificaciones, con cambios que nos hacen sentir más a gusto.

Hojalatería, pintura, llantas nuevas… nos convertimos en máquinas.

La dirección es algo vivo, palpitante, que late con fuerza. No sabe del pasado, ni del
futuro. Como fruto de esa fuerza palpitante, crea un momento siguiente mejor al anterior. Un pensamiento mejor al anterior. Va descubriendo de forma total e intensa que somos armonía, que el cielo es cada momento vivido en forma total, intensa, y que es la semilla para el siguiente fruto de mi perfección: el siguiente momento. De cada momento, surge una dirección. Cada momento es creado por nosotros, no es manipulado.

La armonía es y el cielo es.
Tú eres.
Razona, experimenta, reconoce y entiende la verdad que ya eres.

¿Por qué buscamos la armonía y el cielo?
“Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo de la tierra; luego sopló en sus narices un aliento de vida, y existió el hombre con aliento y vida. Yahvé Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, agradables a la vista y buenos para comer. El árbol de la Vida estaba en el jardín, como también el árbol de la Ciencia del bien y del mal.”

“Los dos estaban desnudos, hombre y mujer, pero no sentían vergüenza”.

“La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. Dijo a la mujer: « ¿Es cierto que Dios les ha dicho: No coman de ninguno de los árboles del jardín?» ”

“La serpiente dijo a la mujer: «No es cierto que morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos; entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es.» “

“Entonces se les abrieron los ojos y ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos.

Cosieron, pues, unas hojas de higuera, y se hicieron unos taparrabos. Oyeron después la voz de Yahvé Dios que se paseaba por el jardín, a la hora de la brisa de la tarde. El hombre y su mujer se escondieron entre los árboles del jardín para que Yahvé Dios no los viera. Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: « ¿Dónde estás?» Este contestó: «He oído tu voz en el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo; por eso me escondí.» Yahvé Dios replicó: « ¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol que te prohibí?»”

“En seguida Yahvé Dios hizo para el hombre y su mujer unos vestidos de piel y con ellos los vistió. Entonces Yahvé Dios dijo: «Ahora el hombre es como uno de nosotros, pues se ha hecho juez de lo bueno y de lo malo. Que no vaya también a extender su mano y tomar del Árbol de la Vida, pues viviría para siempre.» Y así fue como Dios lo expulsó del jardín del Edén para que trabajara la tierra de la que había sido formado. Habiendo expulsado al hombre, puso querubines al oriente del jardín del Edén, y también un remolino que disparaba rayos, para guardar el camino hacia el Árbol de la Vida.”

El árbol del bien y del mal, es sin duda, el símbolo más poderoso de nuestra cultura e incluso civilización. Aquellos que comen de este árbol, tendrán conocimiento sobre el bien y el mal., conocerán la diferencia entre lo que correcto y lo que no, de lo que es bello y lo que no. Obtendrán tanto conocimiento, que empezarán a juzgar. Esto es lo que pasa en nuestra mente. Y el simbolismo de la manzana es que cada concepto, cada creencia (mentira) es solo una fruta con una semilla, que si es plantada en tierra fértil, las semillas de la fruta darán un árbol, que a su vez, dará más fruta. El árbol del bien y el mal, el árbol del conocimiento, es la estructura de todas nuestras creencias. La historia de Adán y Eva nos explica como caemos del ensueño de la armonía y el cielo, a la pesadilla de nuestro infierno (mal sueño. Afortunadamente). El príncipe de las mentiras es el parásito de la manzana que vive dentro de nosotros al haber comido de la manzana infectada. Y ahora este parásito vive nuestra vida, y sobrevive alimentado por nuestra fe y nuestras creencias.

Antes de comer del fruto del árbol prohibido (al nacer), éramos Verdad. Pensábamos y entendíamos la Verdad, y vivíamos nuestro amor sin temor. Después de comer la fruta., con el conocimiento y la simbolización, sentimos culpa, y vergüenza. Somos jueces implacables de todo, y sentimos que no somos lo suficientemente buenos, perfectos, y por supuesto, juzgamos a los otros de la misma manera. Con el juicio viene la polaridad, la dualidad, la separación y la necesidad de castigar y ser castigados. Creemos que nos hemos separado de Dios. Que Dios y nosotros no somos lo mismo. Entonces, Dios deja de ser amoroso y justo, y Dios se convierte en una destructiva creencia. Él tiene que castigar y lastimar.

Ahora me pregunto, ¿Qué es el pecado original? Ahora entiendo que es creer en la dualidad, es creer en mentiras, aceptar creencias que vienen del temor. ¿Pecado? Todo aquello que nos hacemos a nosotros mismo para lastimarnos, que nos enferma, que nos empobrece. Pecar no es culpa o condenación moral, más bien es creer en mentiras y usar esas mentiras contra nosotros. De la dualidad, del pecado original, todas las mentiras nacen. Nacen de nuestro temor.

¿Cuántas mentiras nacen de nuestra ignorancia? ¿Quién juzga? ¿De quién nacen todas las opiniones? SI no amamos, es porque no nos permitimos amar, dejamos que nuestro temor prevalezca. SI no disfrutamos de nuestra vida, es porque no nos lo permitimos. Nadie puede odiarnos o lastimarnos más que nosotros mismos. Defendemos nuestras creencias y mentiras y hasta nos hacemos fanáticas de ellas. Y creemos que matamos y destruimos en su nombre. ¿Quién en realidad vive nuestra vida? ¿Quién decide y forma nuestra opinión? La respuesta es obvia.

La suposición errónea y el temor convertidos en “creencia humana” están en nuestra mente. La creencia humana nos habla y nos habla, y nosotros le creemos cada palabra. La conciencia basada en creencia humana nunca deja de juzgar. Juzga lo que hacemos y lo que no. Lo que sentimos y lo que no. Lo que hacemos y lo que hacen otros. Está constantemente chismeándonos, Y ¿cuál es el resultado? Mentiras, creencias y más creencias, y más temor.

Estas creencias y mentiras anclan nuestra atención, y la nublan, y solo podemos ver nuestras creencias y mentiras. Y no vemos la realidad, de que la armonía y el cielo ya nos pertenecen, en este mismo lugar y en este mismísimo momento.

El cielo nos pertenece porque somos los hijos del cielo. Cuando nacemos, la creencia humana no está desarrollada. No existe todavía esa voz, ese juicio. La suposición y las creencias existen en cuanto aprendemos, primero, la lengua, después los diferentes puntos de vista y después vienen los juicios y las creencias y mentiras sobre nosotros.
Y dejamos de ser fieles a nosotros mismos. Renunciamos a ser Dios. Así nos separamos de Dios. Creemos que Dios y nosotros somos entes separados. Nos creemos personas, humanos, mentes en cuerpo y no particularidades del Todo. Creemos que moriremos, pues hemos dejado de ser Dios, por ser duales, porque nuestra autenticidad como individuos se perdió.

Es así como empezamos una búsqueda frenética de Dios. Empezamos esa búsqueda de amor, felicidad, armonía, cielo, belleza, inteligencia, perfección, porque creemos que no lo somos. Desde hace siglos, nosotros, individualidades, seguimos buscando el paraíso, la armonía y el cielo que creemos hemos perdido. Buscamos lo que “éramos” hasta antes de empezar a creer en mentiras, a poner nuestra fe en creencias y no entendimiento acerca de nosotros mismos. Buscamos lo que somos verdaderamente. Pero lo buscamos fuera. Nos juzgamos desde las apariencias, no desde lo que verdaderamente somos. Y además ese juicio dista mucho de ser justo.

Uno
¿Qué nos aleja de la armonía y el cielo?
¿Será que no somos monjes, sacerdotes, pastores, imanes o ayatolas?
¿Será que no vivimos en Roma, India, Tíbet o La Meca?
¿Será que no meditamos lo suficiente?
¿Será que somos malos, porque no somos creyentes?
¿Será que desarrollamos un mal Karma en una vida pasada?
La armonía es y el cielo es.
Tú eres.
Obtén iluminación a través de tu sentido común y tu entendimiento


Dos
¿La armonía es algo que obtienes, o algo que eres?
Si lo obtienes, lo puedes perder. Si lo eres, nunca se irá.


Tres
Los individuos hacemos toda clase de cosas para obtener la Armonía
Meditamos
Oramos
Nos deshacemos de posesiones materiales
Nos restringimos del sexo
Nos volvemos eremitas y vivimos en cavernas
Nos envolvemos en extraños ritos y pretendemos hacernos daño físico
¿Por qué? Tenemos la creencia de que ejecutando ciertas acciones (físicas, técnicas, ritos o sosteniendo creencias) encontraremos la armonía y el cielo. Pero no.
Ejecutar acciones para obtener la armonía y el cielo no es diferente de aquél o aquella que cree que una vez que ha alcanzado una ansiada meta ya nunca va a desear nada. Pero en cuanto la alcanza, se aburre y se mueve al siguiente deseo.
Entonces sé armonía, y ninguna acción o técnica será necesaria para alcanzar el cielo.

Cuatro
El concepto de ponernos metas, es para muchos una acción necesaria para llevar una vida de plenitud.
Los religiosos han reclamado la armonía y por consecuencia el cielo, como su objetivo por siglos.
Las metas son buenas, pero ellas crean una atmósfera que está carente de toda plenitud. Cada meta, incluso la de alcanzar la iluminación y armonía, nos limita de alcanzarla.
¿Por qué? Porque creemos que debemos tener algo que no poseemos, sin importar cuán sagrado y divino parezca. Así, no nos percatamos de la gloria y perfección de nuestras vidas en este mismísimo momento. No nos percatamos de lo que ya somos.
No te pongas como meta u objetivo la armonía y el cielo...Porque ya eres armonía, solo reconoce el cielo.

Cinco
Toda vida es movimiento. Cada elemento del universo -Dios es un pensamiento en movimiento. Sabemos por la ciencia que todo a nuestro alrededor, desde la más pequeña partícula subatómica a la estrella más grande, está en un estado de flujo continuo. La mayoría del movimiento no es visible al ojo humano. Pero todo este movimiento está en perfecta armonía. Si no estuviera en perfecta armonía, la Vida cesaría de ser real instantáneamente.
Si todo se mueve en armonía, tú también te mueves y progresas en un acorde invisible y eterno.
Si entendemos que el universo está en una armonía de movimiento celestial, comprobaremos que todo lo que es, se debe a una causa o razón. Así, todo lo que “es” es llevado de la mano por el siempre perfecto y armonioso desarrollo del Universo –Vida.
Como somos una particularidad del universo –Dios, cada cosa que nos sucede, sin importar que tan traumática es, sucede por una razón que sirve a un propósito maravilloso y bueno. La armonía es aceptar. Relájate, no te apures en conseguir, se paz y mira como la perfección del entendimiento se desarrolla en ti. De todo lo que hagas, obtén entendimiento.

Seis
Es común a los devotos de una fe particular o escuela de pensamiento, el creer que las enseñanzas que siguen son las más profundas y sagradas, y los practicantes encuentran entonces realización plena de la manera más oportuna posible. La armonía no tiene fe.

Siete
Los individuos entran en un sendero espiritual por una gran cantidad de razones. Y dado el caso, se afilian a un grupo religioso en particular. Aquellos que permanecen involucrados en una secta específica, con el tiempo se vuelven importantes, respetados, con un alto perfil y desarrollan una voz que es predominante en la comunidad. La importancia, el respeto, el perfil alto y la voz predominante no son signos de iluminación. La armonía y el cielo son silenciosos y no son llamativos.

Ocho
Se cree que la armonía y el cielo se consiguen solo siendo salvos.
¿De qué necesitamos ser salvos?
Si tú ya eres salvo, ¿Cuál es la diferencia?

Nueve
Buscamos la salvación porque experimentamos vacío en nuestras vidas. Este vacío puede tomar la forma de falta de amor, falta de sentido y propósito, falta de plenitud, y… En la armonía y el cielo, el vacío viene después
Diez
SUNYATA es la palabra en Sánscrito que describe el Vacío Espiritual, el estado más allá de la realidad conceptual. Se considera que SUNYATA es un paso hacia la armonía y el cielo. En el momento en el que SUNYATA se convierte en un objeto de deseo –meta, objetivo-, en la mente del Zelote, y se diseñan técnicas para obtener su propósito espiritual verdadero, SUNYATA se pierde. SUNYATA como meta, objetivo, y la técnica para obtenerla, te apartan de la armonía. ¿Por qué? Porque te ligan a una necesidad, te ligan a hacer, no al no-hacer. Aléjate de metas, objetos de deseo. Deshazte de las técnicas. Abraza a tu vacío espiritual. Entiende la armonía, el cielo

Once
Cuando el individuo entra al sendero espiritual, la mayoría de las veces se vuelve juez implacable de gentes que no son compatibles con su escuela de pensamiento, que difieren de su entendimiento. Y es a su vez, su propio juez implacable. Así, se consideran mejores. En el momento que esto ocurre, el individuo se vuelve menos. Soy quien soy, y cada individuo sirve a su particular propósito universal. Sólo a través de considerarnos en el sendero espiritual, esto no nos da derecho a juzgar a otros, o a nosotros mismos. Todos somos igual de importantes como los es la molécula de agua al océano. Nadie es más o menos. En el mismo momento en que piensas que ya conoces, en ese mismo momento no conoces. Experimenta, pero sé silente. Obtén entendimiento, pero no lo digas. Esta es la verdadera esencia de la armonía, del cielo.

Doce
Cuando el individuo entra al sendero espiritual, generalmente busca la guía de un poder más alto. Se acercan a sacerdotes, gurús o maestros espirituales de manera que los dirijan al camino de la armonía, del cielo, del nirvana.
Si todos nosotros, los individuos, poseemos la naturaleza de Dios o Buda, entonces ¿que tienen aquellos que no tengo yo?
¿Qué hace a un individuo ser mejor que el siguiente? ¿Sólo porque tiene discípulos?
En el transcurso de tu vida, ¿A cuántos individuos has escuchado proclamar que ellos tienen las llaves para ir al cielo y resulta que solo han sido un fraude?
Si alguien te dice que contiene las llaves de las puertas del cielo, dile que te las dé inmediatamente.

Trece
Tú puedes escuchar lo que otros dicen acerca del cielo. Puedes creer que son grandes conocedores. Pero si eso es todo lo que tú haces –escuchar-, tú no estás es el sendero de la realización que te lleva a la armonía y al cielo, solo estás en el sendero para ser un devoto.
La realización solo puede venir cuando tu dejas de ser un “disciplinado discípulo” para cambiar a lo que en realidad eres, un realizador y entendedor conocedor individual.

Catorce
El sendero espiritual no es un termómetro o un marcador. Lo espiritual no se puede ni medir en términos lineales, numerales, algo que es más o es menos. Finalmente sólo estamos ahí, para servir a nuestro muy específico propósito.
Entre más divino te reconoces, más te das cuenta de lo anterior. Juega viendo la cancha, no el marcador.

Quince
¿Renunciar a los bienes materiales? Los individuos, por siglos, han pretendido renunciar a las posesiones mundanas, intentando liberarse de las limitaciones del mundo material, para poder verdaderamente entrar al sendero espiritual. ¿Pero, que son las posesiones materiales? Objetos físicos temporales, que, como la vida humana, duran mientras duran. Puedes renunciar a todo lo que desees, pero ¿Crees que esto te hará más santo? Renunciando a algo sólo te hace un individuo que renuncia a algo. La armonía y el cielo no vienen de liberarse de objetos físicos, éstos sólo regresan al ciclo material de la así llamada energía.
La armonía y el cielo vienen de no importarnos verdaderamente de las cosas materiales, tanto de poseerlos como renunciando a ellos.

Dieciséis
Tú decides que necesidades tener y mantener. Porque son tu elección, significa que no estás atado a ellas. Por lo tanto, tú eres libre de cambiar tus necesidades. Déjalas de ver como tal, y conviértelas en un goce y deleite. No necesitas luchar contra ellas.
Sin necesidades, conoceremos la armonía


Diecisiete
Nos distraemos tan fácilmente de experimentar la armonía supuestamente por la intensidad de nuestra vida diaria. Trabajamos por tantas cosas que hay que pagar, que necesitamos, que mantenemos. Por las concesiones que hemos hecho en nuestras relaciones. “Si tan sólo pudiéramos ser alguien diferente, hacer algo diferente, en un lugar en donde fuéramos libres, haciendo lo que nos gusta…” ¿acaso haciendo lo que nos gusta nos dará la iluminación y reconoceremos nuestra armonía?
No, la armonía siempre está en donde estamos, haciendo lo que hacemos. No haciendo lo que queremos, sino queriendo lo que hacemos.

Dieciocho
¡Alto!. Sal. Camina por las calles más ocupadas de nuestra Puebla.
Perdónate. Acéptate. Ve el amor que nos rodea. Que está en todas partes.
Ve como la perfección entreteje cada verdad que estamos infinitamente creando a cada momento.
El mundo que estamos creando a cada momento es perfecto, sólo velo como perfecto. Todas nuestras emociones, nuestras acciones, todo es perfecto. Y son perfectas, aunque nosotros no las queramos ver así. Las emociones de mi prójimo y prójima, todas sus acciones, son perfectas. Todo es perfecto y en perfecta y divina armonía con la creación.
Reconozcamos nuestra perfección, en cada momento y en todas partes. Aceptemos que somos la perfección misma, y que la armonía esta siempre y en todas partes. .

Debéis ocuparos en vuestra salvación,” dice la Biblia. No dice que puedes si quieres; dice que debes. ¿Qué significa esto? Simplemente que hasta que no te pongas a trabajar y entiendas la Vida y aprendas a vivir en conformidad con las leyes de la Vida, continuarás experimentando con intensidad creciente los males de este mundo, aun más allá del punto al cual la humanidad erróneamente le llama muerte. ¿Por qué desperdiciar un día más?

chope1959_@hotmail.com

lunes, 5 de octubre de 2009

PRESENTACIÓN DE JOSÉ ARTURO OLVERA LÓPEZ



Mi nombre es José Arturo Olvera López, el motivo de estos párrafos es presentarme ante ustedes, lectores y seguidores de esta Columna Rebelde. Además, manifiesto mi sincero agradecimiento al pionero de este espacio: Carlos López Carmen, quien me invitó a ser colaborador en este sui géneris espacio literario del cual soy asiduo lector.


Soy oriundo de esta Puebla de los Ángeles, comúnmente la inversión de mi tiempo, está destinada a la lectura en general incluyendo aquello relacionado a la maravillosa rama de las Ciencias Computacionales, de la cual confieso ser aficionado, admirador y seguidor de tiempo completo.


En próximas fechas, escribiré y compartiré con ustedes algunas líneas, principalmente referentes a Computación y Tecnología e inclusive de cualquier tema, historia, opinión o inquietud que mis pensamientos traduzcan en letras; pues afortunadamente este libre espacio nos brinda tal privilegio.


Por el momento es todo en esta sencilla y breve presentación. Saludos a todos y nos leemos después.


J. Arturo Olvera L.


aolveral@hotmail.com


lunes, 28 de septiembre de 2009

LA TORTILLA Y EL HAMBRE DE MODERNIDAD POR JULIO GLOCKNER [1]



Hay que reconocer
De una buena vez,
Que esta sociedad
Es el acontecimiento
Más pútrido ocurrido
En la historia del ser humano.
Oscar del Barco


La tortilla es un disco de maíz que ha cruzado decenas de siglos hasta llegar a nosotros convertida en un elemento imprescindible de la gastronomía mexicana. Debieron pasar varios milenios antes de que el teocintle encontrado en los valles de Cuicatlán y Tehuacán se convirtiera en una mazorca como las que hoy conocemos. Fue hacia el año 1,500 antes de nuestra era que el maíz se domesticó completamente llegando a tener un grano grande y duro que podía almacenarse durante periodos prolongados y permitir así el mantenimiento de poblaciones sedentarias.

El maíz, la piedra y el barro formaron una tríada que permitió la convivencia del agua y el fuego para producir la tortilla. Quizá los olmecas fueron los inventores de este noble alimento que resultaba de hervir una pequeña cantidad de maíz en una cazuela de barro, con un poco de cal viva que ayudaba a aflojar la pielecilla del grano, agregándole además valiosos nutrientes como calcio, riboflavina y niacina. Reblandecido por el calor del agua hirviendo, el maíz se molía después en la superficie lisa de una piedra, hasta obtener una masa que entre las manos de las mujeres y con suaves palmadas iba adquiriendo la forma de un disco blando y delgado que se tendía sobre el comal de barro dispuesto en el fuego. La consistencia flexible de la tortilla al retirarla del comal permite que sea utilizada también como utensilio para comer o como plato, pero sobre todo se consume doblada o enrollada conteniendo cualquier otro alimento, sea vegetal o animal.

Las diversas culturas mesoamericanas han dado cuenta del origen del maíz a través de relatos míticos. Un mito nahua refiere cómo Quetzalcóatl, después de haber traído desde el inframundo los "huesos preciosos" con los que fueron creados los hombres en Tamoanchan, puso en un predicamento a los dioses que ahora se preguntaban qué cosa comerían estas criaturas. Una hormiga roja había ido a traer maíz del interior del Tonacatépetl o Cerro de los Mantenimientos cuando la encontró Quetzalcóatl y le preguntó de dónde había sacado esos granos. La hormiga se resistía a responder, pero ante la insistencia del dios finalmente señaló el lugar. Entonces Quetzalcóatl se convirtió en hormiga negra y acompañó a la colorada hasta el enorme depósito. Entre ambas acarrearon mucho grano a Tamoanchan. Fue así como los dioses masticaron el maíz y lo pusieron en boca de los humanos para alimentarlos. Pero enseguida los dioses se preguntaron ¿Qué haremos con el Tonacatépetl? La respuesta la dieron Oxomoco y Cipactonal, la pareja primigenia, en un acto de adivinación en el que emplearon también semillas de maíz. Aquellos chamanes nahuas revelaron que el buboso Nanahuatl desgranaría a palos el Cerro de los Mantenimientos. Entonces se previno a las deidades de la lluvia, los tlaloque azules, blancos, amarillos y rojos, de lo que iba a suceder y Nanahuatl desgranó el maíz a palos. Los tlaloque recogieron el maíz esparcido ya en estos cuatro colores y todo el demás alimento que se regó al apalear el Tonacatépetl.
[2]

Es notable en este mito no sólo el origen divino del maíz y su aparición ante los humanos en cuatro colores, también lo es el origen divino de su preparación para comerlo, pues antes de darlo a los hombres los dioses lo muelen en sus bocas. La molienda y la cocción, el metate y el comal, son dos pasos imprescindibles en su elaboración como alimento. El relato da cuenta, además, del vínculo ritual que mantendrán los hombres con las deidades de la lluvia como proveedoras de alimento, y de la función oracular que tienen las semillas de maíz en rituales adivinatorios y terapéuticos. Por esta razón nunca faltan tortillas en las ofrendas de todo tipo llevadas a cabo en los más diversos lugares, desde el desierto de San Luís Potosí, las frías montañas tarahumaras, el trópico maya, o los arenales cercanos a los glaciares de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.

El padre Joseph de Acosta, religioso de la Compañía de Jesús, escribió hacia finales del siglo XVI en su Historia Natural y Moral de las Indias lo siguiente:
“La cualidad y sustancia del pan que los indios tenían y usaban, es cosa muy diversa del nuestro, porque ningún género de trigo se halla que tuviesen, ni cebada, ni mijo… En lugar de esto usaban de otros géneros de grano y de raíces; entre todos tiene el principal lugar y con razón el grano de maíz, que en Castilla llaman trigo de las Indias y en Italia grano de Turquía… y cuasi se ha hallado en todos los reinos de Indias Occidentales, en Pirú, en Nueva España, en Nuevo Reino, en Guatemala, en Chile, en toda Tierra firme. De las Islas de Barlovento, que son Cuba, La Española, Jamaica y San Juan, no sé que se usase antiguamente el maíz”.
Esta última información es desde luego errónea, pues si bien es cierto que los taínos de las islas cultivaban principalmente la yuca, también cosechaban dos veces al año al menos tres variedades de maíz. Es más, la palabra maíz es justamente de origen taíno. Lo que sí es seguro es que no se consumía bajo la forma de tortilla sino como un bollo envuelto en hojas de la propia planta y colocadas en las brazas para su cocción.

“El pan de los indios –sigue diciendo el padre Acosta- es el maíz: cómenlo cocido así en grano y caliente, que llaman ellos mote, como comen los chinos y japoneses el arroz también cocido con su agua caliente. Algunas veces lo comen tostado… y otro modo de comerle, más regalado, es moliendo el maíz y haciendo de su harina, masa, y de ella unas tortillas que se ponen al fuego, y así calientes se ponen a la mesa y se comen, en algunas partes las llaman arepas.”
[3]

La existencia de comales de barro es la única forma de documentar arqueológicamente la elaboración de tortillas en el México antiguo, ya que es imposible encontrar muestras de su consumo, como sí ocurre, por ejemplo, con los tamales, cuyas hojas fósiles indican que se les pudo haber consumido en Teotihuacan, alrededor de las pirámides del Sol y la Luna durante el período Clásico (250 a.C. – 750 d.C.)
[4] Sin embargo sabemos que los comales se elaboraban desde el preclásico medio, digamos, unos mil años antes de nuestra era, sin que esto fuera un fenómeno generalizado, pues había zonas en el área mayo que no conocieron el comal hasta la conquista española.

Durante el período colonial, no sólo el color de la piel y las diferencias fenotípicas en general; no sólo la vestimenta, el lenguaje y la manera de hablarlo, sino también la comida que se servía o no en una mesa, fueron señaladas diferencias entre los distintos sectores sociales. El pan de trigo y la tortilla de maíz no se consumían en el mismo ámbito, eran mutuamente excluyentes por razones de clase, de status social, algo que hasta la fecha perdura en algunos sectores que no han podido superar ridículos prejuicios ancestrales. No obstante, la permanencia de la tortilla durante el largo período de mestizaje fue sin duda un elemento importante en la configuración de la nueva identidad cultural que lentamente se forjó durante aquellos siglos. Ni criollo ni indígena, sino mestizo, que lo mismo come pan que tortilla.

En las primeras décadas del siglo XIX una bella mujer escocesa, esposa del primer embajador de España en México, Fanny Calderón de la Barca, dejó una interesante descripción del país y sus costumbres en la correspondencia que mantenía con sus familiares. En una de esas cartas escribió lo siguiente:
“Las tortillas, alimento habitual del pueblo, y que no son más que simples pasteles de maíz, mezclados con un poco de cal, y de la misma forma y tamaño que nuestros scones, las encuentro bastante buenas cuando se sirven muy calientes y acabadas de hacer, pero insípidas en sí mismas. Su consumo en todo el país se remonta a los primeros tiempos de su historia, sin cambio alguno en su preparación, excepto con las que consumían los antiguos nobles mexicanos, que se amasaban con varias plantas medicinales, que se suponía las hacían más saludables. Se las considera particularmente sabrosas con chile, el cual para soportarlo en las cantidades en que aquí lo comen, me parece que sería necesario tener la garganta forrada de hojalata”.
[5] Madame Calderón de la Barca probó también el pulque y le gustó, según confiesa en otra carta, después de vencer el disgusto que le produjo su olor a rancio. Pulque y tortilla son la perfecta combinación del campesino del altiplano central. A mediados del siglo XIX, el fundador de la antropología moderna, Edward Tylor, probó esta deliciosa combinación en el hotel donde estaba hospedado en la ciudad de México: El pulque –escribió Tylor- parece leche y agua, tiene un sabor suave y sabe a huevos podridos. Las tortillas son como pastel de avena, pero hechas de grano indio, muy blandas y jugosas. Durante un día o dos nos parecieron horribles, pero luego empezamos a tolerarlas mejor. Al final nos llegaron a gustar, y antes de dejar el país ya no podíamos estar sin ellas…” [6]

Como sabemos, el diecinueve fue un siglo afrancesado, tanto que en 1891, durante la celebración del cumpleaños de Porfirio Díaz en el Teatro nacional, se sirvió exclusivamente coñac, vinos y comida francesa. Por cierto, en este banquete, sólo los hombres se sentaron a la mesa y eran contemplados por sus esposas desde la galería. Muy afrancesados pero machos al fin. Esta elegancia importada, un tanto ridícula por su impostura, alcanzó su culminación durante las veinte cenas ofrecidas con motivo de la celebración del centenario de la independencia, en las que no se sirvió un solo plato mexicano. Fue Manuel Payno quien denunció que la etiqueta prohibía el consumo de tortillas de maíz y chiles rellenos debido a su imagen plebeya. Pero el asunto no paró ahí. En los albores del siglo XX las clases altas mexicanas que consideraban al maíz como simple forraje para los indios, “comenzaron a atribuirle un nuevo y siniestro significado, considerándolo como uno de los principales impedimentos para el desarrollo nacional”
[7]

En su obra El porvenir de las naciones hispanoamericanas, el senador Francisco Bulnes atribuía el retraso de México a una combinación de conservadurismo ibérico y debilidad indígena. Utilizando las falacias de una supuesta ciencia de la nutrición, Bulnes explicaba la debilidad del pueblo mexicano recurriendo a la división de la humanidad en tres razas: los pueblos del trigo, los del arroz y los del maíz. Luego de exponer los supuestos valores nutritivos de cada cereal llegaba a la siguiente conclusión: “La historia nos enseña que la raza del trigo es la única verdaderamente progresista” y que “el maíz ha sido el eterno pacificador de las razas indígenas americanas y el fundador de su repulsión para civilizarse”. Por si esto fuera poco, Bulnes afirmaba que “En la humanidad, las especies conservadoras (como los indígenas mexicanos), experimentan en su organismo una especie de mineralización que las inclina hacia la inmutabilidad y pasivismo de las rocas”, lo que cancelaba toda posibilidad de de un progreso futuro.
[8]

El grupo de “los científicos” porfirianos encontraban atractivo el discurso de las proteínas y los carbohidratos porque proporcionaba una explicación al subdesarrollo nacional sin recurrir a las doctrinas de un racismo extremo que condenaba al país a un atraso eterno. El racismo alimentario dejaba entrever una esperanza de superación y progreso si la población nativa se alimentaba adecuadamente, y más aún si adoptaba las costumbres europeas.

La fe en el progreso importado se derivaba de una premisa fundamental: que era la cultura y no la raza la que determinaba la modernidad. No era necesario ser europeo de nacimiento; bastaba con actuar como europeo, vestir como europeo, comer como europeo. La prensa de la época exaltaba las virtudes del pan de trigo considerándolo como el alimento del mundo civilizado, mientras reafirmaba la idea de que el maíz era poco adecuado para el consumo humano. Este discurso tuvo tan amplia aceptación entre las clases media y alta urbanas, que se llegó a considerar la difusión del pan como medida de desarrollo y expansión del proceso civilizatorio occidental. En un manual de cocina Michoacana se llegó a considerar al trigo como “un señalado favor de la Divina Providencia a la humanidad”.
[9]
Los estudiosos del tema consideran que esta fue la circunstancia apropiada para la aparición de la torta compuesta, pues a falta de tortilla que rellenar se optó por usar la telera o el bolillo.

La revolución mexicana, que siguiendo esta línea discursiva sería la rebelión de los hombres de la tortilla, no logró modificar sustancialmente este prejuicio y aun un hombre como Manuel Gamio director del Instituto Indigenista Interamericano, se esforzó para reemplazar el maíz por soya. El discurso de la tortilla –dice Jeffrey Pilcher- funcionaba realmente como un subterfugio para distraer la atención de las desigualdades sociales. Cuando en los años cuarenta –dice este historiador- los investigadores del Instituto Nacional de Nutrición analizaron finalmente la dieta del país, descubrieron que el maíz y el trigo eran prácticamente intercambiables. La desnutrición rural no era consecuencia de la inferioridad de la tortilla, sino de la pobreza en que vivía la gente del campo. Un discurso muy semejante han construido actualmente las transnacionales y sus empleados respecto al maíz transgénico, con la diferencia de que ahora no se exaltan las cualidades de otro cereal como factor de desarrollo, sino que ahora es la manipulación genética del mismo maíz la que se presenta como la única alternativa para el progreso, la solución del hambre y la mejor alimentación de los mexicanos. Estudios posteriores demostraron que la tríada prehispánica de maíz, frijol y chile proporcionaba las cantidades adecuadas de todos los nutrientes esenciales. Las proteínas complementarias del maíz y los frijoles, cada uno de los cuales aportaba los aminoácidos que no existían en el otro, representaron una sorpresa muy especial para los investigadores, uno de los cuales declaró que “sería una verdadera estupidez pretender sustituir los frijoles y el maíz por otros alimentos equivalentes. Lo que interesa es complementarlos, llevar verduras y hortalizas, ensaladas y frutas”
[10]

A partir de estas certidumbres se logró frenar un tipo de argumentación contra el maíz, y aunque el prejuicio contra la tortilla perdura en sectores importantes de la población que no la consumen por razones de status, ganó terreno en la gastronomía urbana, principalmente en la rica variedad de tacos que se consumen en México. Por otro lado, el argumento de la deficiencia productiva de la gente del campo se cayó definitivamente ante la evidente capacidad productiva de los campesinos nahuas, mixtecos y mestizos que año con año introducen al país miles de millones de dólares en remesas, ocupando el segundo lugar después de los ingresos de la industria petrolera. La presencia de millones de emigrantes en los Estados Unidos ha generado en el país del norte una creciente demanda de tortillas y un próspero negocio para satisfacerla. Esa es la respuesta laboriosa e inteligente de los hombres de tortilla han dado a los problemas que les ha planteado la modernidad, una modernidad inequitativa e injusta. Indudablemente que las familias campesinas han entendido mucho mejor los dilemas de la modernidad que los rancios sectores racistas que los condenan a la extinción retirando el apoyo al campo mexicano desde hace al menos 25 años.

Ser modernos, dice Marshal Berman, es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras y poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Los entornos y las experiencias modernos atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y la nacionalidad, de la religión y la ideología: se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Ser modernos es vivir una vida de paradojas y contradicciones. Es estar dominados por la inmensas organizaciones burocráticas que tienen el poder de controlar, y a menudo de destruir, las comunidades, los valores, las vidas, y sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de enfrentarnos a tales fuerzas, de luchar para cambiar el mundo y hacerlo nuestro. Es ser, a la vez, revolucionario y conservador… Podríamos incluso decir que ser totalmente modernos es ser antimodernos: desde los tiempos de Marx y Dostoievski hasta los nuestros, ha sido imposible captar y abarcar las potencialidades del mundo moderno sin aborrecer y luchar contra algunas de sus realidades más palpables.
[11]

El hecho de que la tortilla tenga más de tres mil años entre nosotros, alimentando a los hombres y mujeres de las más diversas culturas, sobre poniéndose a los más radicales cambios culturales, sobreviviendo a la estulticia de una modernidad mal entendida y a la torpe insensibilidad de las políticas públicas, es una muestra indudable de que ha sabido seducir con su aroma y su temperatura, su suave textura, su grata consistencia, su sabor placentero asociado a los colores azul, rojo, amarillo y blanco, ha sabido seducir, digo, a una generación tras otra, y confío en que así será hasta el fin de nuestros tiempos. Amén.


[1] Este texto NO fue leído en el Primer Congreso Internacional sobre la tortilla organizado por el Gobierno del Estado, ICOMOS y la BUAP. En el evento participaron transnacionales como Cargill, que comercializan productos transgénicos, pero NO fueron invitadas organizaciones que tienen un punto de vista diferente: Greenpeace, Colegio de Postgraduados, Movimiento sin Maíz no hay País.

[2] Códice Chimalpopoca, Anales de Cuauhtitlán y leyenda de los Soles, UNAM, México, 1992.
[3] Acosta Joseph, Historia natural y moral de las Indias, FCE, Biblioteca Americana, México, 1985, p. 170.
[4] Pilcher M. Jeffrey, ¡Vivan los tamales! La comida y la construcción de la identidad mexicana, ed, CIESAS-CONACULTA-Ediciones de la Reina Roja, Col. La falsa tortuga, México, 2001, p. 28.
[5] Calderón de la Barca, Madame, La vida en México, Ed. Porrúa, Col. Sepancuántos Nº 74, México, 1990, p. 48.
[6] Hays, H.R. Del mono al ángel, Caralt Editor, Barcelona, 1965, p. 80.
[7] Pilcher, Jeffrey, op. Cit. P. 110, 116, 118.
[8] Ibid, p. 119,128,
[9] Ibid, p.130-134.
[10] Ibid, p.148.
[11] Berman, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad, Ed. Siglo XXI, México, 1988.

viernes, 25 de septiembre de 2009


PRESENTACIÓN DE ALEJANDRO PEDRO CONTRERAS CHOPERENA

Mi amigo Carlos López Carmen, coordinador de este blog, fue muy generoso conmigo al invitarme a colaborar en su Columna Rebelde. Lo hizo al saber que con motivo de cumplir 50 convencionales años, estaba yo redactando algunas reflexiones sobre lo que yo entiendo actualmente acerca del la armonía, el cielo, la nirvana, la felicidad, etc., y cuyo alcance o logro es explícita o veladamente, el máximo anhelo de muchas de las gentes que me rodean.

No es mi intención en esta colaboración inquietar, evangelizar, invitar o incitar a la discusión o al debate a los generosos lectores. Ni siquiera es un afán mío de expresarme y debería yo permanecer muy discreto en este respecto. Es quizás solo la manera en la que yo quiero explicarme y entender este tema. El lector se dará cuenta de que mis reflexiones están basadas en el trabajo de muchos entendedores, pasados y actuales, en mi propio marco de referencia actual y en el desarrollo de mi entendimiento después de arduas batallas mentales.

Aunque debería observar el sagrado precepto de no meterme en la vida privada de los demás sin que me sea solicitado, te quisiera decir que el logro de la armonía individual, el cielo, la nirvana, la felicidad, etc., es algo que se logra con un profundo trabajo individual. Lograrlo aquí y ahora es posible, y es mi absoluta responsabilidad. Lograrlo no es algo místico, mitológico, religioso o mágico. No es algo externo a mí. Para mí es sumamente liberador. Al ser de mi absoluta responsabilidad alcanzarla, me libera de ese destino “fatal”, dejo de ser víctima de factores externos (clima, crisis, parejas, hijos, jefes, gobiernos, astros y constelaciones, etc.), convirtiéndose en un tema de actitud ante la vida, pudiendo ejercer así mi absoluto albedrío.
Alejandro P.

chope_1959@hotmail.com

21 septiembre de 2009

jueves, 24 de septiembre de 2009


LOS AMORES VAN Y VIENEN...

No hay peor sufrimiento que amar con miedo,
el día que nació el amor, también él se marchó.

Una esclava siempre vive con incertidumbre,
y un esclavo también…

Los esclavos no podemos proteger a los amores,
ni prometerles que estaremos con ellos
mientras nos necesiten.

Demasiado prontos a los amores los perdemos,
por eso es mejor no traerlos a la vida.

Siempre supe que mi amor se iría sin mí,
en la cabeza de los dos lo habíamos aceptado,
pero en el corazón no…

Mi amor podría salvarse solo si estuviera
señalado en su z´etoile y los loas lo permitieran…

Pero ni todas los loas juntos podrían evitar que
se marchará sin mí.

Carlos López Carmen

23 septiembre de 2009
3.25 PM

Sentimientos que llegaron de:
La isla bajo el mar
Isabel Allende

domingo, 20 de septiembre de 2009


PRESENTACIÓN DE CARLITOS G. PÉREZ SAFADY
(El ladrón de libros)

Soy el ladrón de libros, nuevo colaborador de la Columna Rebelde. Fui invitado a escribir por Carlos a escribir de vez en cuando en esta columna sobre cualquier tema que me interesara y tengo que confesar que si, tengo temas diversos, nunca hablo de lo mismo dos veces.
Nací y vivo en Puebla. Tengo solo un vicio, y ese vicio es leer, nunca puedo salir de mi casa sin un libro en mano (a veces dos) y nunca puedo parar de comprarlos tampoco. Sin embargo con tal vicio viene como pegado a este o incluido una falta de tiempo impresionante, nunca tengo tiempo suficiente para poder sentarme y disfrutar un libro una hora, por lo cual me veo obligado a leer en las luces rojas de los semáforos, en las filas, en el pequeño tiempo entre clases.
Si, aprovecho aquellos tiempos que muchas veces en nuestros apuros damos por sentados y que yo disfruto tanto por que son en aquellos momentos donde me doy el placer de ir a otros mundos, mundos de fantasía, lugares desconocidos, sentimientos guardados e ideas tan brillantes que solo podrían ser reflejadas en un libro. Podría decir que estos pequeños momentos, cortos minutos, son mis minutos de iluminación.
Aparte de mi gran vicio por la lectura, disfruto mucho el cine y esto es por que en cualquier película veo una historia, una voz, un pensamiento que alguien cuenta a los demás, pero es un mensaje que muchos ven pero pocos escuchan, y yo soy un chismógrafo cultural.
En mis artículos les hablaré exactamente sobre estas historias, historias que me han cambiado, historias que aun me están cambiando e historias que simplemente se quedaron en mi mente por equis o ye. Quiero a través de estos artículos no solo contarles historias, sino llevarlos mas allá del limite que muchas veces nos ponemos como una forma de autocensura o de pensamientos educados (¿Y si se molesta?, ¿Y si es una falta de respeto?). También me daré el tiempo de recomendar libros que se me han hecho fascinantes, creativos, llenos de ideas y pensamientos que en verdad hacen nuestra pequeña sino es que minima visión del mundo un poco mas grande.
Espero escribir cada semana sin embargo no lo puedo garantizar debido a los tantos libros, trabajos y tareas por terminar que en verdad parece que son interminables, yo pienso que es una forma perversa de hacernos perder el sentido de cuanto tiempo pasa para no darnos cuenta de todos esos pequeños momentos que poco a poco nos vamos perdiendo…
Le agradezco a Carlos la oportunidad de este espacio y nos seguiremos viendo por acá.

Carlitos G. Pérez Safady
El ladrón de libros.
e-mail. troyhorse31@hotmail.com

lunes, 14 de septiembre de 2009


HISTORIA INCONCLUSA

Ella, una rubia maravillosa, vestida sobria y para fiesta mortuoria… miraba el sarcófago que devoraba a su amor y en el mismo le entrega esta pasión a la madre tierra que no dispensa a nadie, recordé aquella vieja sentencia: polvo eres y en polvo te convertirás.

Los acompañantes que sólo están ahí para no estar, se fueron marchando uno a uno; paso a paso… a la hermosa rubia se le observaban mohines de dolor y de pasión, pues ahí, en ese lóbrego camposanto se quedaría a morar este ser, que hasta ese momento había sido el hombre más importante para ella en su ya mediana larga vida.

Sin poder más y posterior al abandono de todos aquellos que a la más intensa usanza histriónica, la avasallaron con sus palabras de cuento y con estas mismas rimas le dijeron: amiga, por favor no dudes en llamar si te sientes sola. Querida, te suplico no olvides que los amigos estamos para acompañarte en estos momentos. Hubo como siempre, tantas muestras de aprecio fingido como escoltas tuvo el rito final de la muerte…

Así que ella, la única doliente veraz de aquel impasse, que por cierto es tan natural como cuando una criatura es echada al mundo, tomó el camino de vuelta al recinto aquel adonde surgió este tórrido romance con el amoroso hombre que hoy se hallaba trocado en cadáver.

Su mente abigarrada de la pasión sólo comparable con la del Cristo Solar en su camino al Gólgota, la flagelaba con reminiscencias de los días aquellos estivales en que arropados sólo por sus cueros en aquella playa virgen y tropical, se solazaban en las abrasivas arenas que los contagiaban de canículas veneras para después enjuagarse las temperaturas y las sílices en las marinas aguas del océano.

También recordó los amaneceres cautivos dentro del bohío que los guarecía de las demás inclemencias de la intemperie, suspendidos en la hamaca en que se mecían los sueños y los futuros de juntos por siempre, estos bamboleos siempre los motivaron a enlazarse con fruición, lubricidad y lúdica sensualidad.

Optó por sólo caminar y caminar… así que no abordó ninguna clase de vehículo que la empujara al apartamento, pues en el fondo era el último sitio al que hubiera querido llegar, sin embargo no había más remedio pues su mente estragada por el drama vivido no le ayudaba a escoger otro paradero: quizá un bar, un café o una plaza comercial donde sobarse los dolores mercando cachivaches y bártulos diversos.

En los ires y venires de su cuerpo de un sitio a otro le llegaban pensamientos extraños, como: ¿Qué hubiera pasado si su amor no hubiera tomado la senda de Ra el gran dios astral de los moradores de la magnífica delta del Nilo? No se podía responder pues el dolor la vulneraba en grado superlativo, apenas podía orientarse de camino a su cubil.

El, siempre fue un hombre extraño, ensimismado y poco discernible; sin embargo y sin saber a ciencia cierta del porque ella se había enamorado de este hombre quedó en le limbo, pues nunca se enteró de la razón verdadera por la cual le comenzó a amar… Sólo emprendió esta empresa de venerar sin medida y sin razón sus aromas salinos y nocturnos, su sabor a café caribe de las mañanas invernales o quizá sus guisos: esos de sabores a todo y a nada, los huevos aquellos con morcilla, las pastas italianas de aceite de oliva que unas ocasiones salieron de la urna crudas y otras veces gourmets. O quizá por las sonrisas tatuadas en su rostro de gran macho, y que por cierto en ocasiones fue tan femenino en la cama como una amante mujer que conoce los secretos de la feminidad, fue en ese justo momento cuando evocó los éxtasis que él le escamoteo incluso a veces en contra de su propia voluntad; los besos y ósculos que él le embarró y le zampó por toda su geografía femínea, lugares que ni ella misma sabía que existían dentro de sí.

Tuvo que detenerse y descansarse en una banca del parque de los cerezos por el que iba cruzando, pues las emociones venéreas que el muerto le asestó en estas extrañas reminiscencias fueron superiores a sus fuerzas y a sus calmas. Permaneció largos minutos ahí postrada y pegada a las maderas de la grada comunal, haciendo denodados esfuerzos para que la abandonaran esos perversos pensamientos barrocos de insensibilidad para este momento tan aciago por el que estaba transida, la aflicción de la culpa por los recuerdos de la carne fueron siendo avasallados poco a poco por otras reflexiones más cristianas y propias para esta ocasión de dolorosa pérdida.

Así que ya de mejor ánimo, digámoslo así; retomó el camino a su derrotero inicial, es decir a la residencia suya, misma que compartió con el hoy amado, extrañado y muerto amor, habiendo retomando las riendas de su mente y de su cuerpo, se abalanzó por las aceras chisporroteadas por las lluvias que también se hubieron hallado presentes en el sepelio. Sólo podía pensar en él, en la gigantesca e ínclita pérdida, otra vez la máquina mental haciendo de las suyas, imaginaba que al llegar al apartamento, él, su amor, estaría ahí aguardándola como había ocurrido durante los últimos cientos de días…

A cada paso que le asestaba al pavimento la casa se acercaba más y más. Y como dicen los antiguos: no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Así que la rubia enlutecida por el estrago de la muerte y por la pena, se había acercado de manera insondable a su destino. Ya en la puerta de la construcción que contenía su vivienda y antes de abordar el ascensor hizo una última pausa, respiró profundo desde el vientre hasta hinchar los pulmones para que la caja torácica contuviera todo el aire renovador que necesitaba para dar inicio a esta nueva vida.

Tomado de sabrá Dios donde y con el valor que ella misma se desconocía, subió en el elevador hasta el enigmático y supersticioso piso número trece, ahí se apeo del artefacto e hizo en sus pasos una conversión a la derecha para dirigirse a la puerta del apartamento trece cero tres, extraña y coincidentemente los números tres habían marcado su vida desde la infancia, ella fue la tercera hija del matrimonio de sus padres, hubo nacido un tres de marzo de mil novecientos sesenta y tres año de nuestro Señor, y esta era la tercera relación verdaderamente importante en su vida.

Vallamos pues ya sin más preámbulo al acontecimiento que nuestra rubia iridiscente había estado soslayando de manera evidente.

Llegó finalmente a la puerta que le evitaba franquear el umbral de su morada, estando ahí frente al comienzo de su soledad más rotunda, lentamente abrió las correas de su bolso, buscó con la mano derecha y sin mirar hacia adentro de la alforja las llaves de los cerrojos de la mampara… al no sentir que las hallaba, con ambas manos agitó la talega para asegurarse que se encontraban ahí… escuchó el tintineo metálico de las ganzúas con las que abriría esta nueva vida, las cogió y atacó los picaportes, estos cedieron como las murallas de Jericó y ella traspasó suavemente la entrada, dio dos pasos hacia adentro e igualmente de manera sutil y lenta devolvió la puerta a su marco, y como quien no quiere la cosa logró poner el pestillo del seguro.

Con paso cancino y levitando por el estado extático del trance, como una flamígera sombra fantasmal avanzó sin los pies sobre la alfombra, ella era un espíritu en esos instantes, sólo era su propia alma, no se recordaba a sí misma del cuerpo hasta que al pasar junta a la barra de la cocina su carne olvidada por ella misma le reclamó un poco de agua… ella advirtió la necesidad y como una autómata cogió un vaso de cristal tan translucido como lucía su rostro ahora sin la vida del amor, lo lleno de su necesidad y sólo vertió uno poco en sus labios, dejó el copa a medio vaciar y reemprendió su camino a la habitación ahora sola sin su amor, sin el hombre que le había llenado el espíritu y el cuerpo. Tuvo otra lucha interna para poder vencer la puerta de la alcoba antes nupcial… aguardó unos instantes, giró lánguidamente la perilla de la chapa y fue desentornando con delicadeza la compuerta que la contenía a ella misma y a sus ansias de penetrar y hallarlo ahí y olvidar y desaparecer todo este impasse mortuorio…

Terminó de abrir de par en par la puerta… esperaba hallar una absoluta oscuridad y encontrar la recamara llena del vació que sólo ella podía sentir. Sin embargo no ocurrió aquello sino de manera contraria, una luz mortecina alumbraba la habitación, era esta una iluminación subrepticia, reptante, una luz que no iluminaba era sólo un resplandor ligero como una suave brisa perdida en primavera. Cuando sus ojos se acostumbraron a esa escasez iluminativa, no podía dar crédito a lo que sus ojos estaban mirando, él, él estaba ahí su amor, su hombre… dentro de su cabeza le agolpaban los pensamientos, las preguntas la invadían, ¿Qué es esto? ¿Es esto es real? ¿Qué está ocurriendo?... el hombre de su vida se encontraba en mismo lecho que los había acunado durante tantas y tantas lunas, la rubia descompuesta por la desazón y por el desconcierto y con los ojos a punto de desorbitárseles, se tuvo que detener de las jambas del marco, para no caer desmayada por la impresión.

Ella no pudo articular palabra alguna, sólo miraba estupefacta como si hubiese comido alguna planta enteógena y esta estuviese vengándose del exceso. Él la llamó y le dijo: ven tócame estoy vivo, si, soy yo, no estoy muerto…

Él sonreía de forma extraña, tenía una mueca maquiavélica y perversa, además se le veía perturbadamente divertido… la rubia mecánicamente se acercó venciendo el pánico que le había arrobado este episodio tan convulsivo, el hombre acercó su mano y ella le permitió tocar la suya para instantáneamente retirarla…

Algo dentro de ella se desgarró, el sostén de su alma se resquebrajó… e hizo a la velocidad de la luz una cantidad enésima de suposiciones quizá para justificarlo, sin embargo no lo logró, pues su proceder enfermo había sido incuestionable y evidente…

Estaba ella excéntrica, fuera de todo foco y contexto… su interior le reclama a ella misma, ¿Por qué este hombre había fabricado toda esta patraña? ¿Para que lo había hecho? Y más, y más cuestionamientos la invadieron y le colonizaron todo: el cuerpo, la mente y el espíritu…

Ella sabía que fuera lo que fuere, hubiera explicación o no, no volvería a saber nada, absolutamente nada de este remedo de hombre, sin duda el más pernicioso y perverso que había cruzado por su camino…

Por ahora es cuanto compañeros…

Carlos López Carmen

Lunes 14 de septiembre de 2009
1.05 AM

columnarebelde@hotmail.com



martes, 18 de agosto de 2009


ASÍ... ASÍ SE FUE MURIENDO


Enero a finales. Llegué a la tierra de Dios y María Santísima que es la misma adonde las humedades son barrocas y las lluvias sempiternas, es decir al Valle de Ahualizapan. Asistí a mi tierra asustado y descorazonado, pues ella se hallaba ahí, en el mismo instituto de salud donde hacía cuarenta y cuatro años yo había sido parido justamente por ella misma.

El sol húmedo del medio día estaba aplomo y en su apogeo, para cuando me hallaba subiendo a las alturas de la edificación que contenía a la humanidad de la Luz de mi vida, iba yo trémulo por que el otro con el que vivo exigía un cadáver, mis malas mañanas de pensar se reyertaban las unas con las otras.

Mi madre fue por siempre un ejemplo de fuerza, de voluntad y de fervorosa maternidad, a la vez y paradójicamente también mostró una quebradiza salud cardiaca y gástrica; desde joven se le desajustaron los azúcares de su cuerpo grande y blanco como la leche vaca recién parida, tenía la piel alba quizá por la ausencia de las luces solares, su vida fue siempre de trabajo, de sacrificio y de abnegación latinoamericana con que están estigmatizadas las mujeres de mi vida y de mi patria, fue una feminista “sui generis”, pues trabajó para algunos patrones desde los quince años cuando aún usaba calcetas. Primero en aquella maderería, donde se miraba con el fantasma aquel del que me hizo muchas historias, su segunda aula de labor y de faenas fue con Don Juan Gordon, único judío estrepitoso de bondades que mis anales registran, obró mi madre para su mueblería, “La comercial” nombre sin mucha prosapia mercadotécnica, sin embargo sigue ahí viva, dando dineros y de que hablar.

Solía colaborar con todos sus maravedís para la causa familiar, para sus hermanos hijos, para mi abuelo su padre y para su madre mi abuela. Siempre oronda de que sus esfuerzos: como las olas que revientan contra los arrecifes, sus denarios chocaran en el dique doméstico y compartió lo suyo no lo que le regalaron sino lo que ella se ganó, distribuyó lo suyo todo y con todos. No se quedó con nada, no atesoró nada, sólo y envidiablemente el amor que todos lo que la acompañamos cuando estuvo viva, se lo prodigamos sin medida y sin ningún esfuerzo, pues amarla fue fácil, tanto como beber un vaso con agua, así de sencillo…

Mi abuelo, su padre, le prometió parlamentar con un camarada suyo para que mi madre asistiera a laborar a la institución gubernamental de salud nacional por antonomasia. Ello significaba un mayor estipendio y para ella más felicidad, pues mi Luz del Carmen como pocos se hizo dichosa así misma dando todo lo suyo, incluso como la Madre Teresa abasteciendo hasta dolerse. Y así ante la palabra empeñada de su padre llegó el día de la fausta noticia, la madre mía laboraría justo ahí en Instituto de la Salud.

Al término de mi ascenso para buscar el lecho que contenía a la mujer que ha sido el eje polar de mi vida, llegué por fin a su tálamo. Estaba ella allí: exigua, desguanzada y vuelta sobre su costado derecho, tenía sus manos en posición angelical de palmas conjuntas y estás soportando su rostro, toda ella recostada de lado como recién nacido predispuesto así para no regurgitar. Respiraba trabajosamente, le gorgoreaban y le percutían sus pulmones estos mismos que luchaban por ella para mantenerla como todos queríamos: viva.

Me aproximé a su rostro, acerqué el mío hasta que mis labios la tocaron, fue una sensación muy extraña: era ella mi madre, era ella mi cordón umbilical, roto, pero al fin de quien seguía pendiendo, ¡Claro! Como ella me lo enseñó, yo por mi lado y ella por el suyo, es decir, juntos pero cada uno su propia vida. Pues ahí estaba yo con ella, apenas entre abrió sus ojos cansados de mirar, de tanto mirar: pues vio la muerte de Tocho su padre y mi abuelo el más querido, miró la muerte de Pepita mi abuela ella no muy afable, sus ojos también distinguieron los restos mortuorios de mi padre, su esposo y único hombre de su vida, no podría asegurar que lo quiso con la misma intensidad cuando novios que al final de los días de él. En otro esfuerzo y venciendo los cansancios crónicos de sus huesos desvencijados por el uso de sus casi ochenta años, ligero levanto su amoroso rostro y sólo balbuceó palabras que no comprendí, no me importó lo que dijo sino estar ahí con ella, quería yo que sintiera cuanto la amaba y cuanto la amo, por eso estaba yo ahí, sé que logré transmitírselo y lo sé porque lo siento. No le mimé con las consabidas mentiras, sino le dije sólo: Te quiero mucho Ma´, sonrió sutil, etéreo y volvió a dormir.

La esperé todo el tiempo que necesitó para que resucitara de sus sueños de viejo y de sus recuerdos enmohecidos por los tiempos. Al fin vino de nuevo a la vida; mi persona había permanecido ahí junto a ella para que justo me viera cuando sus párpados la rescataran de la obscuridad del descanso y de las rondas de la muerte. Nos miramos y sonreímos en sendos mohines de sabernos sangre el uno del otro, otra vez nos balbuceamos sólo unos sonidos desconciertos pero con un ínclito significado de amor, de comprensión, de apoyo mutuo. Acaricié su rostro como imagino lo hizo ella cuando le llevaron a su regazo al único hijo varón “que ella parió”. Cabe aclarar que tuvo otros dos, posterior mimé su cráneo que sólo mantenía la ventisca rala de aquella mata de cabellos de antes, siempre algunos blancos como las nieves etéreas de la vía láctea.

Le atrapé su mano derecha entre las mías brunas. Y huesudas como las suyas, delinee con mi mirada sus dedos de puntas agudas, sus dedillos chuecos por las inflamaciones articulares y por su perenne adicción a los trabajos manuales y del corazón. Estaba teniendo todo el tiempo para estar cerca de ella, incluso dentro como cuando me gestó los cinco kilos que le pesé a su panza y a la vida. Atribulado por la desazón de su adolescencia de salud y extasiado por mi cercanía ahí con ella.

Alguna vez me fui de pinta como se dice correctamente cuando no asistes a tus ordenanzas, fue un día regularmente bueno… Me fugué con Héctor quizá mi primer mejor amigo en aquella ya regularmente alejada infancia, bueno, quizá era entonces una pubertad infantil, nos encaminamos en una guagua como dicen los cubanos, sendero al sur de la tierra nuestra y nos bajamos del transporte en el puente de Metlac, caminamos hacía el corazón del rió que tapa dicho puente, íbamos Héctor, el primer mejor amigo que tuve, Verónica su novia; era ella una niña bonitilla de carnosos labios carmesí y vestidos ligeros que publicaban sus incipientes y veneras formas. Diríamos de la madre de ella que era una maravillosa exponente de unos equinos cascos ligeros como los de un potro cuarto de milla en pleno galope, y también iba con nosotros el hombre aquel que fungía como novio o amasio de la bendita señora, y por supuesto yo con ellos. Llegamos al seno del rió y caminamos por los periplos del mismo camino a la parte más meridional del arroyo donde se conformaba un delta con algunos rápidos espumosos como las cervezas de lúpulo y cebada que se manufacturan en nuestra tierra. Estuvimos muchas horas… finalmente volvimos sobre nuestros pasos y mi angustia tomó forma en el momento en que me dí por enterado que la madre mía había sido permisible conmigo por tan sólo una o dos horas, para esto ya la tarde había fenecido y la noche estaba recién nacida. No podía yo con tanto miedo a la cólera muchas veces violenta de mi madre.

Sin otro remedio tuve que llegar al recinto doméstico… sólo me recuerdo subiendo la escala que conducía a las personas a nuestra modesta y hermosa morada, “ella” me estaba esperando con diversas armas inductivas para desobedientes como yo, y para reconvenirme mostrándome que la pequeña huida no me haría bien… me llamó a que entrara a la recama rosada, así llamábamos a ese pequeño espacio de nuestra residencia, bueno, todo dentro de ella era pequeño y bello, así lo recuerdo, todo ese entorno doméstico me recuerda años de felicidad, de bellos aromas, de sabrosas y austeras vituallas, de navidades barrocas de presentes y cantos de villancicos, después todo cambiaría. Ya estando en la habitación color de rosa, sin mayor preámbulo y aunada una perorata jarocha llena de: chingaos, cabrones y madres, mi Carmeluchi preciosa me vino en encima con un artefacto que de origen sirve para matar moscas y toda clase de bichos caseros… Y me ha puesto una chinga como decimos en mi tierra, como para mi tamaño. Sólo resta decir que a la usanza de los antiguos: santo remedio, por muchos años no tomé decisiones tan arriesgadas para la integridad de mi infantil humanidad, no le guardo rencor alguno, pues hoy siendo padre la comprendo.

Ya muy entrada la noche, otra vez le salió el sopor del cansancio crónico de una vida de trabajo y de terribles decepciones, y por supuesto algunas alegrías hubo también, no todo fue dolor y sufrimiento, lo que si es que de ello hubo una gran cantidad. Antes de que se animara, aun soñando sus vidas, sus sueños, sus amores… La veía y recordaba muchas, si, muchas cosas y situaciones vividas con ella y algunas historias que me conversó con gran entusiasmo como aquella de cuando recién comenzaba a trabajar y ahorró unos centavos como ella llamaba a los dineros y ocurrió lo que les voy a platicar.

Un día me decidí a guardar unos pesos por que anhelaba con fervor religioso regalarle a mi papá algo que sabía yo, deseaba horrores – decía esto mi madre – por fin logré la cantidad que necesitaba y apresurada fui al almacén donde se hallaba el artefacto que haría las delicias de mi padre. Y así sin más nada que me lo impidiera lo adquirí, era un maravilloso radio de onda corta de la prestigiosa marca “Garrad” pionera en este tipo de aparatos, era un mueble macizo de madera de caoba abrillantada e hidratada con aceites especiales para tales lides, su forma era gótica de ojiva, además poseía una enorme bocina megafónica central, y esta se hallaba protegida por unas grecas de la misma madera y se le sumaban unos ribetes dorados que sabrá Dios se eran de oro o chapeados en ese metal, al frente y debajo del altavoz estaban dos botones giratorios blancos y de baquelita, el primero de izquierda a derecha sintonizaba las estaciones de muchas partes incluso allende las fronteras nacionales, y el segundo servía para dar intensidad o viceversa al sonido que manaba de aquel artefacto. Así que pues sin más nada que aguardar, me lo envolvieron en una caja de cartón crudo y le aderezaron un papel de regalo con un gran maño rojo del mismo tono del amor que le prodigue incluso después de muerto.

Caminé con mi tesoro hasta la parada más próxima del camión que me llevaría sana y salva con la cuelga para mi padre, lo abracé con una ansiedad fastuosa, pues ya me andaba por llegar a la casa y mirar su rostro…

Así como dicen por ahí: no hay deuda que no se pague, ni plazo que no se cumpla, así que arribé a nuestra morada aquella en la que teníamos los asoleaderos al frente para serenar y secar las ropas que lavábamos a mano por supuesto, abrí con mi propia llave… de suave manera, como quién quiere pasar desapercibida, franqueé el umbral y cerré la puerta, las luces mortecinas de tan sólo 40 watts, siempre le dieron a nuestra casa un aire eclesiástico, finalmente llegué a la cocina donde estaban cenando mis hermanos y mi papá, mientras mi mamá servía las vituallas correspondientes a cada quién, el café con leche y pan de dulce: conchas, orejas, chilindrinas y uno que otro cocol de anís, la salsa de huevo verde y las tortas de agua del hornito de pan de a la vuelta de la casa.

Así de sopetón, en sus brazos le zampé el maravilloso regalo, no había ninguna razón para dárselo, pues no era su cumpleaños, tampoco su santo, ni había nada particular que celebrar, entonces la sorpresa fue mayor, - le dije - ¡Papá, vamos, ábrelo es tuyo!, los demás lo mirábamos con ansiedad… Hasta que por fin se liberó de su desconcierto y comenzó muy suavemente a desatar el moño grande y rojo, después sin poder no romper el papel lustroso de regalo, y ya sin piedad lo rompió de unos manotazos de hombre rudo de trabajo y de revolución, cuando terminó de descubrir el contenido de la caja de cartón… sus ojos se inundaron de lágrimas de emoción y las mías no se hicieron esperar, me abrazó con el inconmensurable amor que nos teníamos, se deshacía en palabras de agradecimiento y de pena, por no sentirse merecedor de tan magnánima atención de mi parte, y ese día y muchos otros más le dije con ese presente y con mis acciones cuando lo amaba y todo lo que sería capaz de hacer por él…

Desde ese día disfruté de inenarrable manera, mirarlo llegar de la fábrica textil de Río Blanco donde se desempeño hasta su jubilación como maestro fundidor, y presuroso ir al baño a asearse y cambiarse las ropas laborales, arrinconarse en su esquina favorita a escuchar “su radionovela” o a vagar entre el cuadrante del aparato suyo, escuchando los ruidos amarillos y chillantes aquellos de cuando no sintonizaba con corrección el recogedor de estaciones, es maravilloso tan sólo recordarlo.

Ya estaba entrada la noche, serían quizá las 10.30 u 11, ya me había preparado física y mentalmente para acompañarla esa y todas las noches que fueran necesarias, y así lo hice hasta el fin. A esa hora en un sanatorio como en el que nos hallábamos sólo se respira: la falta de salud, la tristeza, el cansancio y la desesperanza. Sin embargo me consolaba mirarla, acariciarle el rostro, cubrirla o refrescarla con un abanico según sus temperaturas, traerle el incómodo artefacto que de antónima manera se llama cómodo, para que pudiera expeler sus necesidades. Fue una noche pesada, con los lamentos de las compañeras de mi madre también exiguas de salud, cada dos horas las enfermeras hacían su rondín, le checaban el suero y la frecuencia de las gotas que en teoría le llevaban salud a su torrente sanguíneo, ella derepente se quejaba, y volvía al sopor de los analgésicos y los barbitúricos, yo permanecí en una silla austera de comodidad, sin embargo era mejor que continuar de pié, hubo unos momentos en los que la somnolencia a ratos me venció… acerqué la silla a sus pies y acosté sólo mi cabeza cerca de ella, ella me decía que me durmiera y en verdad hubiera querido, pero era imposible por la posición aquella que no es la mejor para pernoctar… fue caminando la madrugada y no sin sentirlo, sino al contario dándome perfecta cuenta de cada segundo, de cada minuto, de cada hora, así la mañana se mostró con los ires y venires de los camilleros, los agentes de intendencia, las enfermeras y sus cambios de turno, mi madre también despertó bastante mejor, pudimos conversar de cómo habíamos pasado la noche, ella no muy contenta porque sabido es que justo las camas de hospital no son las mejores para el descanso y de mi parte ni hablamos, me hallaba fatigado pero tan sólo del cuerpo, el alma y el espíritu los tenía henchidos de satisfacción de haberla acompañado en esta madrugada…

Íbamos ella y yo en el camión, el garita es su apodo… el del camión por supuesto, nos subimos al vehículo, yo en primer lugar pues todavía no tenía edad para darle el paso a las mujeres como debe de ser… nos sentamos justo al final del transporte este que también ella le llamaba “el de primera” pues aunque era aquél un transporte popular hasta ahí hay clases, bueno, pues el objetivo de ese viaje hacia el centro es que me llevaba a cortarme y acicalarme los cabellos, ahí en la peluquería Jarquin´s que para entonces era la de más refulgente prestigio, fui muy feliz con ella, me hacía sentir cobijado, arropado y me daba una seguridad que nunca más he vuelto a sentir. Sé que no le falto, pues él es todo amor y sapiencia, pero ni el mismo Dios ha logrado con su inteligencia y con la mía junta hacer que vuelva a sentir aquellas confianzas, todo aquello fue muy bello, ella le indicaba aquel barbero joven y ya para entonces moderno de cabellos largos moderados, que el estilo para mi era el infausto casquete corto, me sonaba aquello como a mentada de madre, sin embargo no tenía ya la más mínima oportunidad de hacer que me crecieran los cabellos como ya se me comenzaba a antojar… cuando termina esta diligencia el peluquero moreno y moderno me propinaba un tremendo masaje como a los adultos, con un vibrador metálico que se ponía en la mano, tal cual como un guante, ese era el postre del esplendido rito de que la Luz de mi vida me llevara a podarme los pelos de la cabeza, ya desde aquel tiempo mis ideas y pensamientos eran voraces de necesidad de aprender y de rebatir, y esos nunca nadie a podido podarlos o cercenarlos, viven conmigo y así ellos, los pensamientos de libertad moraran conmigo por siempre jamás.

Al amanecer con mi Carmeluchi, y con las otras señoras adolescentes de salud también y que se hallaban en el mismo pabellón, aguardamos las visitas de los médicos especialistas, estos viajan por todo el sanatorio como auténticos tlatoanis casi llevados en vilo y montados en sus palios de velos y encajes bordados en Brujas ciudad belga de la Europa occidental, vienen seguidos de sus huestes conformadas por los médicos jóvenes a los nombran residentes de especialidad, para que con los enfermos como en el caso mi madre, estos especialistas instruyan a estas nuevas generaciones de galenos en los secretos de la salud y de la enfermedad. Después de un rato me despedí de ella y marché a dormir un poco después de haber sido relevado en mi puesto de acompañante y vigía en la guerra que comenzábamos a librar con los desconciertos corporales de mi Carmeluchi chingona y preciosa.

Vine caminando a la casa misma donde crecí, pues se halla a tan sólo unas calles del nosocomio que albergaba a la madre mía, a esa casa de donde salí para casarme la primera vez. Iba caminando acompañado de nadie excepto de mis recuerdos, pues por aquellas aceras caminé con mis canicas, con mis trompos, por esas calles corretee con los primeros mejores amigos. Por esos caminos corrí los primeros kilómetros de mi vida, por allí sudé las primeras gotas de mis esfuerzos, ese fue mi rumbo, mi barrio, todo me olía a mí, a mi infancia, a mi tierra. El sopor de la canícula jarocha, aunado con el desvelo de la noche en vigilia me ayudó a desatar la mente, a liberarla y así llegué en un santiamén a la morada de mis amores, sin más… subí, busqué acomodo en algún lecho y dormí hasta bien entrada la mañana que se estaba convirtiendo en tarde.

Desperté en varias ocasiones pues el calor y la ansiedad hacían sus labores en mi persona, finalmente me sentí descansado en un poco y me bañé amparado por la misma regadera vieja de cuando niño, por los mismos azulejos amarillo pálido pegados en las paredes del cuarto aquel destinado para las humedades y los aseos del cuerpo. Las reminiscencias hicieron gala todo el tiempo, evoqué aquellos años de la primera infancia cuando justo en ese mismo cuarto, mi mamá me ilustró los hábitos de la pulcritud y la limpieza, me increpaba ella fuerte, ¡Lávate bien, refriégate fuerte con el estropajo, no te hagas caricias, sino se enérgico que aquí no consentimos niños cochinos como los españoles que no les gusta el baño!, ja… mi Carmeluchi no sabía que los peninsulares tenían dispuesto que el baño diario afloja las venas y aguada los pulmones, claro que de todos modos si no te bañas, hueles como se dice por la tierra mía: a madres.

Ya aseado, acicalado y con ropas limpias volví sobre mis pasos a pasarme la tarde y otra vez la noche con la mujer eje polar de mi vida, subí ahora por el elevador mis pies se sabían ya la vereda para su tálamo, la encontré bastante animada, la luz del día y el día mismo le hacen maravillas a todos incluso a ella, la hallé radiante como un enorme girasol silvestre, su rostro iluminado, su cuerpo ya con un poco de fuerza y nos sonreímos, me preguntó si había descansado, porque con pena me dijo que no me había dejado dormir por quejumbrosa, se calificó así con mohines de sonrisa, le pregunté que como se sentía y ella me contestó que bastante mejor y esa respuesta comulgaba con su ánimo. Por ahí andaba el médico que le asignaron; un nefrólogo, pues mi Carmeluchi estaba mostrando problemas en sus riñones, lo abordé y le pedí que si me podía informar sobre la salud de la Luz de mi vida, el médico: un hombre moreno de cabellos briosos, engominados y relamidos hacia atrás, y de maneras muy afables, se prestó a darme sus apreciaciones al respecto de su salud. Dijo: Mire, la situación es delicada en extremo, pues los riñones están dañados de manera severa y sólo hacen su función en un 10 o 15 por ciento, esto genera que su sangre no se desintoxique eficientemente. Ahora bien le pregunté ¿Dr. Entonces que procede? Le pido por favor sea pragmático con su respuesta. El hombre sólo me miró con suavidad y en su mirada sentí la respuesta.

La alternativa rápida y más viable es practicarle una “diálisis”. Correcto le contesté, el fue pragmático, lacónico y sucinto; así no me quedó más remedio que corresponder de la misma manera.

Me retiré y volví al lecho de mi Carmeluchi preciosa, continuamos con conversaciones vagas, y sin mayor intención que distraernos del momento que todos en esta familia de cuento como el de los hermanos y las hermanas e hijos de ella misma, estábamos experimentando, después de un rato de charlas diversas, tomé la iniciativa de informarla con referente al quebranto de su salud, - le dije – Ma´… hablé con el médico que te asignaron, es un nefrólogo muy amable y denota una gran experiencia y un mayúsculo don de gentes, ella sólo me miró atenta y a la vez como con la conciencia de que esta vez la cosa si era sería, me preguntó ¿Y que te dijo? Que existe un daño regularmente severo en tus riñones y que es por esa razón que te estás sintiendo tan mal y también es por ello que tus pies se te están inflamando, ella sólo emitió un largo mmm… Entonces volvió ella a cuestionar ¿Y entonces? Pues que debemos proceder a autorizarle, es decir, tú debes estar de acuerdo y facultarlos a que te practiquen el tratamiento este que se llama diálisis… Hizo diversos mohines de entre molestia y quizá un poco de enojo por esta monserga, sé de antemano que estaba más preocupada por las molestias que estaba dando, que por su misma salud, yo hubiera querido una respuesta de ella inmediata de aprobación, sin embargo esta contestación no llegó y yo menos la presioné, cuando menos por ahora.

Entre los momentos más aciagos que ella vivió y que ya tuve la oportunidad de acompañarla en este impasse, fue cuando por la razón que sea y ahora sin rencores enconados en mi corazón, mi hermana mayor Alondra su primogénita, le parió un nieto-hijo cuando tan sólo tenía 15 o 16 años, a mi hermana le nació un hermano mío que me dijeron que era mi sobrino, sin embargo se equivocaron, desde que hubo sido parido ha sido mi hermano y así se morirá él o yo, sin importar quien primero, será hasta el fin de mis días mi hermano Jonás Luchador. Sin embargo y contrapuesto a la felicidad y bendición que representa la gestación de un nuevo miembro familiar, es que lo geste una niña y más difícil es cuando es la tuya…

La miré rabiar, despotricar e incluso maldecir, no me atrevería a afirmar a quién, sin embargo hoy le doy toda la razón a sus emociones disparadas por este aconteciendo tan estrafalario. Para ella y para el entorno doméstico nuestro comenzó un nuevo ciclo, pues al año de que hubo sido parido Jonás Luchador, Alondra ahora con 17 años echaba al mundo a su segundo retoño por ahí de las fiestas patrias del septiembre nacional, Jonás Toscano le tocó de nombre en el calendario de Galván y fue también su nieto-hijo; para mi otro hermano que quisieron que fuera mi sobrino, pero yo no quise y como no lo quise así, este Jonás Toscano será mi hermano sólo hasta que esté yo vivo. Estos natalicios de hijos- nietos y hermanos-sobrinos le trajeron nuevos brios, nuevas ganas de vivir y de seguir en la crianza que aun no terminaba con los primeros tres cuando le brotaron estos nuevos, el segundo crío de Alondra no caminaba, cuando estaba naciendo de su juvenil vientre Galatea del Carmen a esta le apodamos la nena, ya no nos sorprendió a nadie pues en los dos años anteriores habíamos cosechado a dos miembros hermosos para la causa familiar y esta nena no nos haría ponernos más estresados y menos felices de lo que ya éramos con los otros.

Un día… entre tanto ajetreo con los seis hermanos y hermanas, entre tantas confusiones y devaneos de paternidades y maternidades vagas en indeterminadas, ella, mi madre, cual Morelos Siervo de la Nación y verdadero caudillo independentista, en un magno acto de valentía y maternidad exacerbada cargó con mis hermanos, los puso enfrente a un magistrado de lo civil y los asumió como sus hijos, sangre de su sangre y los cargó como las hembras escorpiones a sus crías, sin tapujos, sin quejas, sin desamor y mostró una vez más la valentía llena de amor y abnegación sublevada con la misma que se murió.
El nefrólogo, en una conversación con los seis hermanos y hermanas paridos unos del vientre y los otros del alma de Luz de Carmen, nos dijo lo siguiente: lo mejor es que su madre no permanezca más en el hospital, pues no podemos hacerle más nada excepto el tratamiento dialítico y sólo podremos proceder a el siempre y cuando ella misma lo consienta. Por otro lado la señora Carmelita - así se refirió a ella – es una mujer mayor y por la misma baja de sus defensas podemos exponerla a alguna infección intrahospitalaria, así que me manifiesto por no arriesgarnos a ello… Las hermanas y los hermanos, nos miramos unos a otros y en un concilio tácito, optamos por llevarla a la morada en la misma que los seis nos criamos a la luz, al amparo y al amor de nuestra madre, ahora ella quebrantada por las insalubridades de su cuerpo viejo y estropeado, por los trotes de la vida, por sus cuidados a nosotros y a todos los que se le pusieron en frente.

Así que de acuerdo con ella nos la trajimos a su casa, a su cubil, en el que nos dio las leches de amamantar, las medicinas para las calenturas y los emplastos para los empachos, de ahí de donde los seis nos salimos para hacer la propia de vida de cada uno, a ese pequeño lugar sencillo y austero que nos vio despertar sudorosos en las canículas de mayo, y pernoctar aplastados por cúmulos de sarapes en las ventiscas invernales de diciembre.

Ahí la llevamos por allí quería estar, ahí se quería morir, en el mismo sitio que su madre mi abuela, no sé de manera, pero entre angas y mangas aun sin ser tan armónicos sus hijos, nos concertamos para acercarnos a ella y cada quién con sus esfuerzos para regresarle en estos momentos en que su vida languidecía y así: cuidarle, abrazarle, rezar con ella, también llorar con ella, bañarla, caminarla, rasguñarle sus pruritos, servirle sus remedios los alópatas y los otros.

Dormí con ella todos los días que regresaba de esta nueva tierra que tengo dada en adopción, hubiera querido como Sinuhé el egipcio trepanarle las enfermedades y curarla como hace la divina providencia cuando tiene ganas de hacer milagros, sin embargo sólo pude acercarme todo lo más que pude, llevarle a mis hijos para que así como yo, le rindiéramos tributo a sus magnos esfuerzos de madre, de remadre y de abuela, cada día que estuve con ella en esta nueva etapa de nuestras vidas, ahora ella como yo cuando pequeño en la cama, yo en aquella cuna y ella hoy en su lecho, seguro que en aquellos tiempos se le quemaban las habas para verme caminar, del mismo modo sentía yo el mismo apuro por volverla a mirar sobre sus pies y por cierto los hizo algunas veces… muy pocas.

Comenzaron los preparativos para dializarla, las hermanas mías e hijas de ella se hicieron de los conocimientos necesarios para accionar la maquina, que dializaría su vientre y le extraería las toxinas que el mismo cuerpo produce y que sus renes ya no eran capaces de higienizar… Bueno, cuando menos esa era la esperanza de los seis y de todos los demás que la querían tanto, pues pensábamos y sentíamos que está sería la solución para que pudiera seguir con su vida, y claro que sería una tortura este tratamiento que la haría vivir más tiempo que quizá el que los designios celestiales le había dispuesto.

Sin embargo ella, mi Carmeluchi preciosa, de una manera suave, apacible y determinante, poco a poco, lentamente y firme, nos convenció de que no se practicaría este terrorífico procedimiento limpiador de cuerpos, pues ella tenía la firme convicción que de que todas aquellas personas que se lo practican mueren en breve.

Así que, llegado el momento, hubo que aceptar su posición concluyente y categórica ante la salud de ella misma. Y pues no quedó más remedio que atender a su legítima demanda, nos preparamos como cada uno lo creyó pertinente y nos dispusimos a estar con ella hasta el fin.

Hubo muchos días en que… calculo que mi infante y pequeña persona rondaba entre los10 o 12 años, que por alguna extraña razón mi Luz del Carmen decidió que alguno de nosotros le llevara los potajes que la alimentarían a su aula laboral, allá en “La casa de la asegurada”, así se apodaban a las oficinas del instituto de salud nacional, también se les conocía por el apelativo de “La caja regional”, bueno pues también entre angas y mangas, me tocó a mí la suerte de hacer esa diligencia muchas veces, doña Carmen la asistente de hogar o muchas veces Alondra mi hermana mayor y madre de mis hermanos también, servían en una portaviandas de varios pisos de capacidad las raciones y viáticos que le entregaría a la Luz de mi vida en mano propia, los menús eran variados: la inevitable sopa de fideos con una pata de pollo hervida, arroz rojo con chile guachinango cocido con el vapor que manaba de la hechura del cereal, un tezmole de chile serrano desvenado para evitar ardores innecesarios, había que tener cuidado de que no hicieran falta las tortillas de mano de a la vuelta de la casa, sólo las que hacía la negra que entonces era viuda de su negro Tomás, negrazo en verdad maravilloso y buen amigo de mi padre. No acostumbramos nunca el postre, percibo que era por que era un hábito de gente rica y pues no lo éramos, lo que si no podía faltar eran los maravillosos y aromáticos frijoles criollos refritos con su chile serrano seco, de ese colorado que venden en los mercados mexicanos, justo adonde se mercan las semillas y los chiles secos, y para que los alimentos descendieran por el tracto intestinal, una indiscutible y excelsa Coca-cola que tanto daño hace… Pero ¡Carajo, que hermoso sabe!

Hasta este momento todo era relativamente estupendo: mi viaje de la casa a las faenas de mi Luz de luces, aunque tenía su dificultad cuidar las manjares en los ires y venires del furgón, las miradas que podía echar por todo el camino, aun era los mismos paisajes… mi imaginación volaba tan alto como los zopilotes que pareciera entonces invadían el espacio aéreo de mi toda tierra, hasta el día de hoy cuando he vuelto a pasar por esos recorridos los disfruto como en antaño…

No podía faltar en mi encargo llevar conmigo los arreos escolares, pues había que cumplir con las tareas del parvulario, terminaba la travesía ya cerca del histórico cerro del borrego, entonces me apeaba de la guagua, caminaba radiante y henchido de amor filial porque me hallaría con mi madre, con mi mamá, la más chingona madraza que el Dios puso en mis senderos, ella que los iluminó todos y todo el tiempo aun sin que lata su corazón…

Cruzaba la explanada previa a la puerta de acceso al edificio, traspasaba el umbral y tomaba hacia la derecha para encaminarme y trepar la escala con andaderas de madera en los costados que me llevaría a su encuentro. Terminaba el ascenso y conversión a la derecha, paso redoblado y entonces me hallaba de frente con el ultra conocido para mi, departamento de contabilidad para todo el sureste mexicano de la instancia de salud nacional. Siempre entré en el departamento que por cierto estaba ubicado en un mezzanine, adonde podía mirar hacia abajo a manera de balcón; algo que tardé mucho en explicarme era por que mi madre trabaja tanto e incluso después de la hora de salida, sin embargo nunca se lo pregunté.

No me gustaba mirarla comer en aquel escritorio suyo que ella misma con sus magias transmutaba en un espontáneo comedor, sin embargo no había más remedio, ella tenía que hacerlo y yo acompañarla, la miraba, la veía… era muy bonita, eso era para mí, era gordita y siempre lo fue, siempre peinó canas en sus cabellos, siempre tuvo su lunar de carne en el costado izquierdo de su frente, entre el hueso frontal de su cráneo y el parietal del mismo lado por supuesto. La seguía mirando, la veía como ovillaba las tortillas para convertirlas en tacos de sal de los que comemos los mexicanos desde chiquitos, sorbía lentamente auxiliada de una cuchara su sopa de fideos cambray, amaba esa sopa, después arremetía contra el recipiente de arroz y se quejaba del chile que se hallaba adornando el guiso, finalmente no lo comía pues estos efusivos condimentos nunca fueron de su agrado, ni del mío.

Y ya del tezmole sólo picoteaba unos pequeños trozos de la presa de pollo que le hubiesen convidado de nuestra morada. No comía tanto ni tan rápido, sin embargo cuando masticaba sus comidas se daba tiempo para que conversáramos algunas cosas sin importancia, como por ejemplo, me cuestionaba sobre la tarea escolar, que si ya la había echo, y que si no, pues que ya comenzara con ella, también me platicaba de sus compañeras: de Lola Castro, su amiga, compañera, comadre y confidente; de Panchita Castañeda… sólo decía mi Carmeluchi que era tremenda, de Cristina Pimentel… también su amiga, mencionaba con frecuencia a Chalía que parece perdió la razón alguna vez (esto lo digo yo, no ella), y también me decía del Lic. Benavides, que era muy guapo y supongo que fue un buen jefe por que así me lo hizo sentir.

Fueron unas tardes aburrido ligero, hacía un poco la tarea escolástica, jugueteaba con la imaginación, costumbre que me sigue a través de los tiempos y de ahí las voces que me platican estas historias que a vosotros os comparto con fruición y deleite.

Por fin, daba por concluida su alargada jornada laboral, cargábamos con nuestros correspondientes tiliches y partíamos a la garita de donde salían los carruajes públicos que nos mecerían trepidatoriamente hasta la morada adonde llenos de amor nos hacinaríamos un día: los papás y las hermanas, los hermanos y otros también cercanos.

Los días de la utópica recuperación de mi madre comenzaron a nacer, a madurar y a fenecer, uno a uno se fueron siguiendo las jornadas, con las tomas de los remedios médicos y de los otros de los chamánicos de los brujos y brujas de salud. Todos opinábamos, todos investigábamos, todos nos enterábamos de uno u otra pócima que aligerara la carga de mi Carmeluchi, todos le fuimos a sobar la espalda, a frotar su exiguo cuerpo agotado y agobiado de vivir, de morir la muertes de los más queridos, de trabajar las faenas de empleo, además de también de las largas y angustiosas labores domésticas de madre, de esposa, ahora de viuda, de abuela y de administradora de los maravedíes suyos y algunos ajenos.

Ella siempre macha, siempre chingona, no la vi aflojarse del ánimo ni una vez, ya no lograba mantenerse en pié de guerra, sin embargo desde su lecho siguió dando instrucciones en la organización de su casa, de nuestra casa, ella hizo que aquel pedazo de espacio vacío; por que las moradas, los hogares e incluso los antros de los osos necesitan estar vacíos para que los que los vamos a habitar los llenemos con nosotros mismos, con nuestras cosas, con nuestros cachivaches, con nuestros bártulos y ella llenó aquel vacío al que la familia nuestra le llamó “casa”, la casa, este fue el apelativo que tomé ese recinto, pero sin duda: ella era la casa, ella era el refugio y la guarida de cada uno de los seis hermanas y hermanos, siempre tuvo espacio para todos para los que nos parió del vientre y más para los que con más fortuna hubieron sido paridos por su corazón. Y digo esto por que los primeros tres hermanas y hermano le caímos del cielo, y ante la accidentalidad no tuvo más remedio que acogernos en su ceno, en su regazo, criarnos y cuidarnos, no me queda duda que no tuvo más remedio que ello.

Sin embargo, algo que no fue accidental ni fortuito fue que a los segundos tres hermanos y hermana, los parió con su corazón, con su alma, con su indestructible voluntad de amar, de cuidar, de criar… Con su inigualable vocación de madre chingona, protectora y abnegada.

Así que con los soles y las lunas de cada 24 horas se fortalecía su debilidad y languidecía el hálito de vida que el Dios de dioses le había soplado cuando vino al mundo, seguí yendo a dormir con ella cada 8 días o cada 15 sin descanso, yo, como ella, y como los otros hermanos y hermanas tenía la tranquilidad eclipsada por las torturas de ver a mi madre en estás condiciones, sólo análogas con las que ordenaba Fray Torquemada en la Santa Inquisición. Al mirar como lejos de observar mejoras en su cuerpo, en su ánimo y en su alma… el deterioro era insondable e inefable… su voz cada día más suave, el color de su voz cada vez más transparente, más delicada… por más fuerzas que tenía en mis entrañas había unos días que a solas se me comenzaban a romper los diques que sostienen las lágrimas y otros no me quedó más remedio… así muchas, muchas veces lloré y lloré como lloran los hombres y como lloran las mujeres, amalgamadas y fusionadas todas las secreciones corpóreas: salivales, mucosas y lagrimales. Estos fueron como espasmos anafilácticos que me llevaron tan lejos de la vida, que en aquellos momentos deseaba que cuando todo esto terminara, me llevara con ella a donde fuera: con el gran Manitú, al cielo, al mundo de los muertos o adonde fuera, sólo quería ir con ella.

Sin embargo como reza la filosofía coloquial tan profunda como la de los griegos más excelsos, Dios no cumple caprichos ni endereza jorobados, entonces aquí sigo quizá para poder platicarles lo demás que pasó. Llegó el último 10 de mayo en que estuvo viva, mismo día en que celebramos a las madres… y pues mi madre se vistió de azul como el mismo cielo, una blusa florida con tonos añiles y un pantalón marino más acentuado, se peinó con ayuda por supuesto, y se perfumó para sentirse limpia, de fiesta y coqueta, se esforzó por todos lo sé, hizo unos pasos con ayuda mía y de los demás, sólo unos cuantos: fuimos a la sala ahí estuvo tratando de estar integrada con toda su sangre, mismos que por cierto y siempre fuimos como abejas alrededor del girasol gigante que fue ella para nosotros, a quien le libamos los néctares dulces tan nutritivos para la vida de cada uno de nosotros, la Luz de mi vida se extenuó y pidió ayuda con sus ojos suplicantes; entonces raudos la llevamos de regreso a su suave lecho, casi la cargué en vilo… ya le dolían todos sus antiguos huesos estropeados por las ocho décadas de trabajos forzados a los que se sometió por cuenta propia.

Por las noches, cuando no cumplía ni siquiera los primeros diez años de vivir, entre tanto ajetreo doméstico por las locuras etílicas de mi padre y las acciones de poca cordura de mi madre, mismas que daban como resultado las apoteósicas contiendas conyugales que conocimos. A veces se me congestionaban los espantos que sólo nacen de noche y mueren como los vampiros con las luces del alba. Era en aquel tiempo cuando los muertos, los fantasmas y los espantos se me aparecían por dentro de los ojos y mis párpados les hacían las veces de telones teatrales en sus aterrorizante puestas en escena, los veía una y otra vez… así hasta que de manera instintiva me levantaba de mi camastro y con pasos tambaleantes y oscurecidos por la falta de luz, seguía el sendero de la seguridad, la brecha de la certeza de que todo estaría bien, es decir asistía a la cama donde mi Carmeluchi preciosa adonde pernoctaba acompañada de sí misma, de Dios y por supuesto de las Ánimas Benditas de Purgatorio con las que tanto tuvo que ver y las que tanto y tantas veces la guarecieron de las ventiscas huracanadas de la vida, así pues, suave y adormilado llegaba hasta donde ella… mi madre con todas la madres chingonas del mundo sentía mi presencia ahí junto, me percibía con las papilas maternales aun de estar aletargada, abría los luceros que le permitían mirar y preguntaba ¿Qué pasó? mi respuesta era la de siempre “tengo miedo Má´, estoy soñando feo”, ella sólo me cogía con alguno de sus entonces fuertes brazos de pujanza descomunal, en aquellos tiempos tempranos de mi vida y me blandía por los aires como arma aérea y me acomodaba en alguno de sus costados, a partir de ese momento y hasta hoy me poseía una sensación de tranquilidad, de paz interna, siempre que estuve contiguo a ella, sin embargo la vida es individual y es casi imposible vivirla arrimado a nadie…

Los días, las semanas y los meses transcurrieron, llegué una vez más como en los últimos tiempos a la casa, fue un sábado 9 de agosto de 2008 a la misma tierra de Dios y María Santísima, misma donde comenzó todo este ajetreo y esta historia… entré a la casa escalé los peldaños, ahí se hallaban mis hermanas, firmes en sus puestos de vigilancia para con de la madre de madres, es decir la madre que no saco a unos de su vientre a los otros de su corazón, Alondra la mayor y Galatea del Carmen la menor.

Nos besamos a lo usanza de los cariñosos, confieso ante Dios y ante todos ustedes hermanos que las amo a las dos de verdad, nos dimos los consabidos saludos y nos dijimos lo usual, pregunté: ¿Cómo está mi Carmeluchi? Las respuestas de ambas no salían de sus labios cuando ya las había yo leído en sus rostros y en sus corazones… ambas casi al unísono mencionaron, tiene cuatro días que propiamente no ha comido nada, nada en absoluto… sólo le hemos dado sus medicinas, mismas que por cierto tampoco permite que se las administremos.

Dejé por ahí mis cosas y me encaminé a la recamara rosada pues era esta la cámara especial de la abeja reina en que se había transmutado mi madre, ahora todos como un gran enjambre dentro de la colmena estábamos trabajando para ella, para hacerla feliz, para que se diera cuenta que todos sus mayúsculos esfuerzos habían fructificado, pues ella cual labriego empecinado en laborar sus tierras que de antemano no se veían muy buenas, ni fáciles para la labranza… después de años de voltear su hacienda, limpiarla de la yerba mala, surcarla incluso muchas veces con sus propias manos, humedecerla con sudores y lágrimas, abonarla con ínclitas cargas de leche materna y caricias de amor eterno… ahora queríamos mostrarle que lo había logrado, que había formado hombres y mujeres de bien, de trabajo como ella y de buenos sentimientos aun sin que llegáramos a igualar entre todos el inconmensurable e infinito amor con el que nos trató y con el que nos crió.

Cuando estuve enfrente de a ella… sus ojos habían perdido el horizonte, con ellos ya no veía nada, nada en absoluto, eran unos luceros lánguidos, extraviados, sin luz, eran grises como los de mi padre cuando estaba a punto de morir… así que no me quedó la menor duda que el gran momento estaba cerca, quizá ese mismo fin de semana se llevaría a efecto…

Después de mirarla, acariciarla y de hacerme sentir en su corazón, con una especie de insondable y profusa tristeza aunada a una mayúscula desesperanza, salí un rato de su habitación con la escusa de comer algo en la cocina, ahí estaban las hermanas: la mayor Alondra y la menor Galatea del Carmen, estos momentos al escribir estas letras son tan paralizantes como aquellos que hube vivido justo hace un año, no me dí cuenta cuando la otra hermana: Mar de Casia se hallaba ahí junto a ella, para ser honrado con la historia que a mí me toca recordar y parafrasear con letras aquí y ahora, en los siete meses que duró esta agonía y suplicio, por supuesto para mi madre y para todos los demás que la amamos, coincidí en exiguas ocasiones con esta hermana… siento que a ambas les faltó estar más tiempo cerca justo en los momentos finales de la madre de todos, es decir de mi Luz del Carmen.

Miré con curiosidad desde la habitación más culinaria de la casa lo que se desarrollaba entre ambas, ella, Mar de Casia como casi nunca la había visto, le hablaba palabras ininteligibles para mi por la distancia y porque las lágrimas le inundaban los ojos, yo, no sentía ganas de llorar, mejor dicho experimentaba curiosidad pues en todo este tiempo no había visto a mi hermana tan cerca ni tanto tiempo junto a mi madre, es decir a la de ambos, mi madre impasible… aunque sé que sentía, lo sé sin explicación, sólo lo sé.

Mar de Casia lloró y lloró, y mi Carmeluchi como mencioné antes inmutable, tranquila e impávida, así permaneció, la hermana mía la persignó como se hace con los hijos cuando ellos mismos no pueden hacerlo por sí mismos, rezó con ella también, le acarició el rostro con sus mejillas y cuando no pudo más se despidió de su madre y se marchó de la casa.

Yo, acostumbrado a estar con mi madre por muchas horas durante este tiempo de falta de salud materna. No me extrañé de la actitud de mi hermana, sabía perfectamente lo que ella sentía y el porque se despedía…

Alondra, Galatea del Carmen y yo nos quedamos ahí, en la casa con nosotros mismos y con ella, con la madre común y motivo de nuestros amores y de nuestros afanes. Así comenzamos con la rutina que conocíamos de memoria, yo me fui afincar al cuarto de mi madre, a acompañarla, a sufrirla, a amarla…

Galatea del Carmen también se despidió y como ella había pernoctado esa madrugada con la Luz de mi vida, se fue abigarrada de la sensación que te brinda la satisfacción del servicio ajeno, y Alondra junto conmigo nos dispusimos a estar ahí, haciendo nuestra parte del trato de amor que teníamos para con la reina madre.

Comenzó la tarde a fenecer y comenzó a darse a luz la noche, esta que se encarga de acentuar los malestares, de intensificar las pasiones es decir los dolores, la noche que con su obscuridad abrillantaba las escasas esperanzas que nos quedaban…

Mi madre se hallaba ya cerca del camino y aunque todos lo veíamos y de ello nos percatábamos, ninguno lo mencionábamos… nos dispusimos a pasar la noche, yo, haciendo guardia a su lado, Alondra en otro tálamo pendiente por si yo le llamaba para que me auxiliara en las labores del cuidado…

Y comenzó la noche… y las quejas, y los gemidos y los sollozos de mi mamá, ante tal situación y la gigantesca angustia de no poder hacer nada que aliviara los malestares de mi Carmeluchi, tan sólo me acerqué a ella, la consolaba con palabras de amor como las que ella me propinó en aquella primera infancia que vivimos tan cerca, le impuse las manos a la usanza del Jesús que ilumina mi camino y el de mis hijos, recé al Dios mismo y a tu toda su corte celestial, no olvidé invocar a las Santas Ánimas Benditas del Purgatorio favoritas de mi Carmeluchi… de repente la asistía un sopor que consolaba sus malestares… y dormía, sólo se escuchaba ligero un soplido respiratorio que me calaba el tuétano de mis huesos y me ponía trémula el alma y taciturna la boca, así junto a ella y con el cansancio que te ofrece estos momentos tan aciagos que preferiría no haber vivido y no digo esto por cobarde sino por que ahora estuviera escribiendo otras aventuras con ella y no esto que ocurrió, sin embargo en contraposición y paradójicamente estoy contento con lo que acontecido.

La pena que yo sentía cuando le abandonaban sus sueños, mismos que le intentaban reparar sus cansancios era mayúscula, porque estos aún de tratarlo, no estaban esgrimiendo con sus habilidades las fatigas de mi madre, y los resultados eran despertares azorados de ella y palpitantes míos, llegó un momento en que no pudiendo solo con aquella carga, más dolorosa que pesada, fui a llamar a Alondra mi hermana mayor y mi mentora en estos trabajos de los que nunca quisiera ser experto, mi hermana con una disposición de maternal abnegación se despabiló los sueños crónicos y me siguió hasta con la madre de los dos… con voz chiquiona de madre consentidora y al mismo tiempo que le acariciaba las mechas níveas que le quedaban pegadas al cráneo le decía: ¿Qué te duele mi niña, que te duele?, ya, ya, ya va a pasar… aquí estamos contigo, aquí está Carlos y estoy yo, hace rato estuvo contigo Mar de Casia, y Galatea del Carmen se fue hace un ratito, pero ya no tarda… todos queremos estar contigo para que no estés solita…

Yo la llenaba de besos y cariños… Alondra con sus mejillas rozaba el rostro de la madre; ambos estábamos destrozados por estos funestos e infaustos minutos, horas, días, semanas y meses. Nuestra madre había dado muestras de entereza, de sobriedad ante la enfermedad, ante las dolencias… es verdad, si se quejaba, pero al mismo tiempo con valentía se escuchó siempre el fragor de su batalla por la vida.

Esa madruga fue en verdad sombría, doliente y el día de hoy benéfica. Bajo esta tesitura continuamos el resto de la noche del 9 de agosto de 2009, la víspera del momento maravilloso en cobra vida la falta de la misma.

Amaneció el 10 de agosto de 2009 fue un domingo soleado, húmedo y brillante como lo son estos en la tierra de Dios y María Santísima. Nosotros con el agotamiento enraizado por los adversos días de mirar el deterioro de quien nos diera la vida, la leche de amamantar y los cuidados necesarios para hoy estar aquí. Así que desvelados y desmañanados estuvimos Alondra y yo, pero firmes como soldados en su trincheras, es aquí cuando cobró vida este término: soldados, pegados, ligados y unidos al cuerpo de nuestra progenitora mismo que a cada momento se alejaba de nosotros, sólo que solo de nuestros cuerpos, pues vivirá en nuestros corazones y en nuestras almas por siempre. Tenía ya desde el miércoles que no hablaba con nadie, no sé si por que se aburrió de hablar o por que su espíritu ya se había marchado y sólo nos había dejado su mortecino y desvencijado cuerpo, que por cierto y huelga decirlo le sirvió para dejarnos huella de todo lo que hizo entre nosotros, es decir lo utilizó para cuidarnos, para acariciarnos, para reprendernos, para trabajar, para ser madre, abuela y remadre, también con ese cuerpo suyo fue esposa, trabajadora de lo ajeno y de la casa, también con ese cuerpo fue hija e infante, fue adolescente y madura, con el fue firme y suave en ocasiones, con su cuerpo nos acunó y nos arrulló, y con su cuerpo, con este que hoy se hallaba malogrado y estropeado nos alimentó la fuerza, la comida, las oraciones y nos mostró con el ejemplo la honradez, la honestidad y será el modelo de esfuerzo más importante de nuestras vidas.

Por ahí de las 5 de la tarde… estábamos Galatea del Carmen y yo junto a ella y ante las condiciones que exponía nuestra madre, mi hermana decidió conferenciar con el nefrólogo al que le dio santo y seña de la situación, la respuesta del médico fue imperiosa: suero glucosado y otros remedios alópatas que sobra aquí mencionarlos, Galatea de Carmen en mi compañía abordó su carruaje, mismo que ella condujo con premura y nos aprestamos a llegar a la botica más cercana, mercamos las enmiendas de salud… Y fue en ese justo momento cuando recibimos la llamada de José Toscano también hermano nuestro, le llamó a ella, y al momento que la miraba conversar con él se le iba descomponiendo el rostro en una mueca de dolor y de angustia complementada esta por los siete meses agónicos de la Luz de mi vida y del desconsuelo también para nosotros sus hijos, sufragamos los costos de las curas y propiamente volamos hacía la “casa”, en el viaje de regreso le increpé a Galatea del Carmen que fuera despacio pues ella se hallaba gestando a la “Valiente” hija suya que nacería posterior a los eventos que estábamos viviendo.
Por fin después de transitar por casi toda nuestra pequeña aldea para nuestro retorno, nos apersonamos en la casa que nos vio la infancia a los seis hermanos y hermanas, terminando se subir las escalas llegamos a lo verde, así le decíamos al pequeño recibidor de la morada pues tenía las baldosas de ese tono. Ahí estaba José Toscano con un rostro inenarrable y nos mostró con su mirada la recamara rosada, yo entré en primer lugar, ya se hallaba allí el médico, que por cierto no estoy enterado como llegó, el la auscultaba… ya no era necesario, le miré a él sin poder asimilar lo que estaba ocurriendo…, sin embargo al unísono mantuve por breves instantes una exigua y frágil esperanza. Miraba a mi madre ya si el color de la vida, sin el sabor de la respiración constante, tuve mi vista estupefacta sólo en ella, su cuerpo flaco, agresivamente desnutrido pues ella había consumido hasta el último sustento de si misma. Estaba muerta, ahora estaba muerta, como las personas que se mueren y que jamás crees o piensas que ocurrirá contigo y menos hubiera creído o pensado que le ocurriría al ser que me dio la vida, la que me concibió, la que me amamantó, esta mujer se hallaba ahí muerta, como dice Sabines en su poesía a la Tía Chofi… estúpidamente muerta, como para morirse llorando.

Arrodillado en su lecho mortal hube llorado por siempre, por todas mis vidas pasadas, por las venideras y por las que estoy viviendo hoy mismo… me destroza ahora mismo este momento quizá más doliente que el mismo nacimiento mío donde también lloré harto, lo sé porque ella me lo dijo. Pues ella como yo ahora, estuvo conciente de cuando me le salí del vientre, ahora era mi turno de estar terriblemente conciente de su partida, sólo que no se me fue del todo, le tomé la mano y me la metí al corazón. Así que no se murió sino que nació en mi corazón hasta el fin de mis días y quizá más allá.

Después de muchos, muchos minutos de llorar y condolerme, todas las secreciones de mi cuerpo se hicieron una… un solo dolor, un solo descanso, un solo amor, una sola fuerza. Después fueron y vinieron en mis recuerdos y reminiscencias los días, las noches y las mañanas a su lado, miré en el entorno el color de voz, respiré en su recamara hoy mortuoria su aroma de vida no de muerte, sentí sus manos huesudas como las mías en mi rostro húmedo sus caricias, que momentos más aciagos y valuables, un día hace mucho nos graduamos: ella de madre y yo de hijo, hoy otra vez nos dimos otro grado igual de cercano: ella de muerta y yo de huérfano.

Cuando no hubo más remedio que aceptar la realidad de la muerte, que es tan maravillosa como la del ímpetu de un recién nacido, nos dimos a la tarea de arreglar su cuerpo muerto, su cadáver… Galatea del Carmen y todos los demás después de llorarla a manos llenas, nos dispusimos a acicalarla, a limpiar ese cuerpo flaco y demacrado que había sido el vehículo suyo para vivirnos, ulterior a ello la vestimos para sus mejores fiestas, le engalanamos con su vestido de domingo ese morado o lila sabrá Dios cual será el nombre veraz del color de esos trapos, le adornamos las manos con un rosario de rosas verdaderas y bendecido por el Papa predilecto de ella y como ella misma, hoy muerto también.

Llegaron los hombres del servicio funerario con su estrepitoso camino, traían consigo mismos y cuestas la caja de muerto en donde se la llevarían para velarla como es la tradición. Agradezco a Dios que tuve la magna fortuna y bendición de tomarla en mis brazos por última vez, cargar con ella y con todo el amor que pude y descansarla en ese joyero para ella como lo que fue: una verdadera gema, una auténtica y genuina alhaja, también asistí cuando hubo que bajarla por las escaleras de la casa… la sacamos a la calle y pusimos el féretro en el carruaje que la conduciría al velatorio, por ahí se me andaban desguanzando las fuerzas así que Alondra la mayor y la más querida para ella, la acompañó para que ninguna de las dos se sintiera sola.

Le alcancé en ese lugar, y al mismo tiempo de mi llegada los hombres de ahí me llamaron para que diera el visto bueno de como le habían emperifollado el rostro con los polvos esos de embellecer mujeres, me dijo uno de los servidores funerales: ¡Quedó linda mi amigo, quedó linda!, sólo pude asentir con un movimiento automático de mi cuello y sonreí. Salí de esa habitación y a ella la llevaron a la capilla donde dormiríamos juntos por última vez.

Pasó la madrugada y se acercaba otro de los momentos de verdad. Primero la llevamos a la iglesia del Carmen a ese rito que se llama misa de cuerpo presente, terminamos esas diligencias y caminamos con ella rumbo al sur de la tierra nuestra a donde sería su última morada y acompañada de el único hombre de su vida, es decir nuestro padre, “El Ché” y no el guerrillero por antonomasia, sino el muñeco, el güero, José Luis López Moya.

El panteón de la tierra de Dios y María Santísima se llama Gral. Juan de la Luz Enríquez, es ahí adonde sus huesos y los de mi padre morarán hasta el fin de los tiempos. Así que llegamos a ese sitio los que la acompañamos, yo por supuesto en primer lugar pues reclamé este sitio siempre, preparada estaba ya estaba boca de la madre tierra que la comería y digeriría lentamente para volverla al estado natural de los cuerpos, recuerdo esta frase consabida: “Polvo eres y en polvo te convertirás”, comenzaron los preparativos finales de esta nueva vida y también preparamos los lagrimales los que quisimos, sin mayor preámbulo pusieron su caja de muerto sobre unas reatas y a la usanza de siempre, comenzaron a bajarla lentamente hasta que estuvo en tierra firme su ataúd, junto a mi padre en cuerpo y junto a todos nosotros en alma y espíritu.

Rezo de manera final esta breve oración que ella me ilustró cuando niño para la hora de dormir:

Cuatro pilares tiene mi cama,
cuatro angelitos que me acompañan,
Lucas y Marcos; Juan y Mateo,
y en medio la Santísima Trinidad
que me dice:
Carlitos duerme te ya.

Por ahora es cuanto compañeros.

Carlos López Carmen

columnarebelde@hotmail.com